Jerez íntimo

Marco Antonio Velo

marcoantoniovelo@gmail.com

Prieto, Ana Belén, Ramón, Marcelino…

Alfa: Luis Prieto Enríquez es un profesional de la abogacía de mucha reputación. Además de cofrade de profundas convicciones cristianas. Sabe interpretar la ley con conocimiento de causa. En su ejercicio jurídico es de sobras reconocido. En sus hermandades, considerado y querido por la práctica totalidad. Echo una parrafada con este buen amigo cuando revalida el fiel rito de la retirada de su cédula de sitio. Me congratulan las personas serenas y juiciosas. Compartimos además una pléyade de allegados en común. Como el gran Lucas, verbigracia: quien por razones de especialización jamás falla en las predicciones meteorológicas. Lucas es un caballero que empatiza a las primeras de cambio. Ser lasaliano imprime carácter -y no sólo en la perfección de la caligrafía inglesa-. También en la mancomunada lealtad al concepto de la amistad. ¿Verdad que sí, Luis?

Beta: Por razones profesionales piso tierra sevillana con periodicidad semanal. Permanecer a caballo entre Sevilla, Jerez y Cádiz es un privilegio consustancial al factor suerte. Aprovechando una concatenación de circunstancias dables, hago noche en la capital hispalense. Con mi mujer e hijo (o hijos: el que viene en camino ya ocupa su espacio propio: ¿o no, Maribel y Mercedes Rendón?). Aprovechamos para saborear el regusto del memorial del gozo de unos luminosos días cuaresmales. En la misma puerta de San Juan de la Palma -ese pórtico de la gloria donde un jerezanito recibió las benditas aguas bautismales- me encuentro frente por frente con Ramón de la Campa. ¡Qué lugar más edénico para el reencuentro! Charlamos de lo divino y, por trechos, también de lo mundano! Ramón de la Campa es un profesor sabio. Joven y tenaz lector que ama a la Madre de Dios con desmesura de católico convencido. En Sevilla es un referente. Sus investigaciones pesan quilates de rigor intelectual. De liturgia sabe tanto como el jerezano Ernesto Romero, ambos cum laude en la materia. Minutos después me planto ante el Señor que calla la blancura de su silencio trascendente. Lo que nos une sólo el cielo lo sabe. Porque en el cielo habita una madre buena con las piernas llena de varices.

Gamma: La Cuaresma nos regala instantes álgidos y memorables. Las lágrimas de Lidia cuando quiso confesarte el porqué de su elección de vestir la túnica nazarena ya a partir de ahora y así hasta la sempiterna querencia de todos los años sucesivos. Existe un patrimonio inmaterial -la relación estrecha e íntima con las personas- jamás sustituible por otra suerte de falsa postulación fáctica. El abrazo -su intensidad, su pulsión- de José María y la entrega -mediadora- de la hija Bárbara. Las letras que te envía, desde Mallorca, Ana Belén -con sintaxis de llanto roto porque la imposición laboral impide este año la fidelidad al hábito que la une a la memoria irrompible de su padre fallecido hace ya...-. ¿Puede un WhatsApp abrazar a dos hermanos en la Fe? Naturalmente -corpóreamente- sí. ¿Quién osa dudarlo?

Delta: Lo sé a ciencia cierta. El versátil Paco Robles comienza cada temporada radiofónica -allá cuando los presagios de primavera llaman a la puerta de la venia de la Santa Cuaresma- dando tiempo de paso al delegado diocesano de Hermandades de Sevilla Marcelino Manzano. Marcelino es de natural un defensor a ultranza de la nova evangelización de la sociedad. Escuchar su timbre de voz es -per se- un retiro espiritual. Nos dice: “La propia preparación de nuestra estación de penitencia es una gran oportunidad para revisar nuestra vida. Y ver qué nos separa del Evangelio para ser buenas personas”. ¡Madre mía! Y prosigue: “Es la renovación espiritual más grande: una oportunidad a nivel humano, no sólo del alma. Esa catarsis, ese reajuste en los valores, en las ilusiones”. ¿La estación de penitencia? Sí, don Marcelino: “Es la recuperación de nuestra plena dimensión como seres humanos”.

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