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Primavera lusitana

Menos en España, donde la atención a Portugal es escasa, el efecto de este milagro interno ha traspasado las fronteras

TODAVÍA no es primavera en Portugal, pero hay síntomas que anuncian la llegada de un tiempo más cálido. La crisis ha sido dura, pero la economía se recupera y el Gobierno de Antonio Costa ha logrado que el país no quede, en lo social, fracturado en exceso. La confluencia política creada para bregar con la situación y, sobre todo, las imposiciones europeas, hacían presagiar lo peor. Pero el pacto de socialistas, comunistas y el Bloque de izquierdas ha funcionado. Han pospuesto sus egos personales e ideológicos para enfocar solo los problemas más acuciantes. ¿Se imaginan en España una coalición del mismo tipo, con Sánchez, Garzón e Iglesias, pugnando por el reparto de sillas y primeros planos en las fotos?

Menos en España, donde la atención que se presta a Portugal siempre es escasa, el buen efecto de este pequeño milagro interno ha traspasado las fronteras. Y Mario Centeno, ministro de economía de este Gobierno, íntegramente de izquierdas, ha sido elegido para presidir, desde este 22 de enero, el Eurogrupo y el funcionamiento de la poderosa maquinaria formada por los 19 ministros de economía de la Eurozona. Como este nombramiento no parece ser una respuesta tardía al presidente saliente, el holandés Dijsselbloem (aquel que criticaba a los países del sur por su tendencia al dispendio en bebidas y mujeres, para pedir después, sin pudor, ayudas económicas), lo que ha debido contar son los méritos que acompañan a Mario Centeno, un economista que, aunque pasado por Harvard, tiene un origen familiar muy modesto ¡para algo deben valer las becas! Así, este discreto portugués entra a formar parte de esa lista de altos cargos de organismos extranjeros en los que sus compatriotas se desenvuelven muy bien, tal vez porque resultan creíbles y honestos. Una lista en la que también figura, desde comienzos del 2017, António Guterres, el actual secretario general de la ONU, otro socialista portugués que había desempeñado, con eficacia, los máximos puestos en la política lusitana. Se prueba así, que no hace falta tener detrás ni una poblada nación, ni empresas multinacionales, para que los demás reconozcan que se cuenta con la capacidad necesaria para gestionar la marcha de un gran organismo. ¿No ha llegado el momento en que los políticos españoles y sus instituciones dejen de dar las espaldas a cuanto ocurre en Portugal, se aprecien sus méritos como si fueran propios y se tiendan los puentes que pide la convivencia en una misma península?

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