juan Luis Vega

Primavera en los viñedos jerezanos

" Y en el mes de abril, y en el mes de abril, yo me pongo en mi pelo negro, rositas de pitiminí." (Canción popular andaluza)

Y en el mes de abril y luego en mayo, los carriles, los caminos, las veredas, las cañadas, los ribazos de las gavias de los viñedos de Jerez, los pagos de las viñas, son un auténtico jardín, una delicia de aromas y de luz, casi un paraíso de tonos verdes y de múltiples colores. Los pámpanos de las cepas 'palominas' se mecen con el suave viento de poniente, que llega en las tardes desde Sanlúcar, y dejan ver los tonos mas claros del envés y los nuevos brotes amarillentos de sus nuevas hojas, que nacen sin parar y los filamentos de sus zarcillos, deseosos de enredarse ya en las espalderas y fijarse bien para cuando lleguen los vientos más cálidos del levante, que aparecerán con fuerza en julio y agosto. Unos días, la primavera, deliciosos para andar, para pasear admirando un espacio de extraordinaria belleza, que en nada tienen que envidiar a la Toscana o al mismísimo Valle del Loira.

Una época buena para caminar por los múltiples senderos de los viñedos de Jerez, respirar el aire fresco que llega hasta Balbaína, el pago más cercano al mar, el menos ondulado, acariciando los brotes verdes y los nuevos racimos cargados de futura fruta en 'San Agustín', 'Viña El Sargento' o 'El Halcón'. Por las tardes, atravesar por el pago de Marihernández, cruzando por la antigua estación de Las Tablas y soñar con el 'tren de las viñas', que discurría lentamente por los oteros repletos de buenos viñedos como 'La Caridad', 'El Aljibe' o 'Las Conchas' y subir, hacia el sur, hasta la 'Viña El Caribe' desde la que se divisa casi todo Jerez, iluminado como una feria, después de contemplar el fantástico cielo rojo, de cualquier atardecer. Cruzar la carretera del Calvario, llena de flores, hasta la de Trebujena, sorteando las colinas verdes de 'La Capitana', de 'Cerro Nuevo' y 'Cerro Viejo', admirando la belleza de su inmenso caserío, que dicen que diseñó Garnier, e imaginar la figura impaciente de J.Mª. Pemán leyendo bajo una parra centenaria. Divisar la atalaya del 'Majuelo', al final de la cuesta empinada del pago de Macharnudo, con enormes cipreses, donde llegaban fastuosos coches de caballos enjaezados y llenos de invitados de postín o pasar al pago Carrascal, atravesando un mar de viñas para acercarse a los antiguos caserones de 'Dulce Nombre','La Perla', 'Viña Amorosa' o 'El Corregidor' y tocar sus pozos pintados de blanco, que en sus pilones aún conservan los tonos azulones del antiguo caldo bordelés, con el que se sulfataban las vides, cuando llovía en mayo, primero con escobillas y luego con relucientes mochilas de cobre. En primavera, en abril y mayo, cuando las mieses ya amarillean y dejan ver sus trenzadas espigas y nacen los girasoles, la campiña, se convierte en un rico mosaico de colores verdes amarillos y ocres, cubierto por el azul limpio del cielo. Un paseo por estos carriles, caminando, en bicicleta, a caballo o en cualquier medio que no produzca ni polvo ni ruido, es como contemplar un cuadro pintado por el mismísimo Van Gogh. Un paraíso junto a Jerez. Escuchar los continuos trinos de los jilgueros recién nacidos, que chupan los cardillos de todos los tipos, borriqueros, marianos, los retorcidos cirsiums, las bolas de erizos de los 'echinops', que llenan las cunetas con sus elegantes copetes azules y que se asemejan, sobre los terraplenes, a las extrañas chimeneas de Gaudí y seguir por los caminos a los crestados gallitos de marzo, las abubillas, que te abren el camino moviendo sin cesar sus rayadas alas, mientras nos cruzamos con alguna perdiz roja a la que siguen, rapidísimos, una bandada de perdigones dispuestos a no perderse, o con un 'escarabajo aceitero', con su elegante larga cola roja y negra, que se asemeja a la sotana de un 'curita', como aquí se le llama o con algún precioso 'lagarto ocelado', que se mueve entre las matas, con sus vistosas manchas verdes y amarillas. O disfrutamos del olor de los hinojos repletos de caracoles chicos, blancos o rayados, con o sin ombligos, que buscan el dulzor de sus varetas, donde se acurrucan juntos tras una noche de festín, emborrachados de tanto sabor o en las puntas de los postes de las alambradas quejumbrosas para recibir, todos unidos, al suave sol mañanero.

En primavera las cunetas de los carriles de las viñas de Jerez es el jardín natural más impresionante que uno se pueda imaginar, un mundo botánico lleno de vida y color. Todo tipo de plantas de espigas, como las avenas locas, los alpistillos o la cebadillas de ratón; ramilletes inmensos de flores azules, como las viboreras o chupamieles; de las comestibles borrajas, que brotan ya en el invierno; los blancos de las manzanillas y margaritones, los traviesos pepinillos del diablo, las peligrosas cicutas, hierbalocas o perejil de burro o de las viznagas, de elegantes pompones blancos, que el gran pintor González de la Calle confunde con las zanahorias silvestres, que con sus sombrerillos blancos, inundan los campos jerezanos al final de mayo y junio, antes de enroscarse para el verano. Gamas de amarillos de todas las clases, vinagretas para chupar, jaramagos para los canarios, hinojos para el guiso de caracoles o para el aliño de aceitunas y tagarninas para esparragar; los tonos rosados de las corregüelas, campanillas y de los conejitos o bocas de dragón, que a veces crecen hasta en mismos tejados de las iglesias del centro. Morados de las tristes malvas y de la duras achicorias y el rojo impresionante de las zullas, que derraman su 'sangre' por los campos jerezanos cuando llega la Semana Santa o de las románticas amapolas, que inundan la hijuela de Las Tablas y los alrededores del Barrosillo, cuando pasan los romeros, camino de la dehesilla y Bajo Guía.

Y mientras los pámpanos de las cepas siguen creciendo y creciendo, buscando enroscarse unos a otros. Los cerros de albarizas ya han sido tapados por la leña, que ya unen los liños de cepas y hace falta recoger y juntar los verdes sarmientos. Los racimos dejan ver sus escobajos que ya han florecido y que poco a poco empiezan a granar. Ya se acerca el verano y entonces ocurrirá otro momento mágico; los granos engordaran y se llenaran de sol, de dulzor, de vino. Otra época maravillosa para pasear, en las mañanas y atardeceres, por nuestros blancos carriles, probar algún higo de los vallaos o beber agua fresca de un aljibe, aunque ya para entonces, no nos quedarán flores en las cunetas.

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