U NO empieza a escribir muy joven por muchas razones todas comprensibles, aparte de por destino, y cuando pasan muchos años de escritura se da cuenta de que todo lo ha hecho para no tener que dar explicaciones. Ya las da por escrito. Pero si deja de escribir, una voluntad en este caso más que un destino, es cuando tiene que darlas. Uno de los impulsos principales para querer dedicarse a escribir es la vanidad, pero incluso la vanidad se diluye con el tiempo cuando los elogios y los denuestos forman parte de la costumbre, de la normalidad, porque no hay sino acostumbrarse a las cosas para no darles importancia. Sé, me consta, que tengo muchos lectores, pero esto, con ser una satisfacción, no me soluciona apenas nada de mi vida particular, más bien me obliga a no defraudarlos, lo que con frecuencia supone un esfuerzo añadido al de vivir. Quienes me leen, salvo los allegados, son desconocidos, sin rostro ni nombre, de manera que cada día me dirijo a una abstracción.

Las explicaciones: uno, por edad, tiene ya derecho a ponerse malo, a ingresar en hospitales, a que lo abran y lo recompongan igual que los utensilios gastados de las casas se daban antes a los lañadores para alargarles la vida. He leído recientemente, no recuerdo dónde, que a la vejez, y yo estoy llamando con insistencia a sus puertas, se debe llegar estropeado, lleno de grietas, heridas y desconchones como los viejos palacios abandonados de los príncipes, porque empezar el último tramo del camino sano y vital, ilusionado y feliz, hace la idea de la muerte insoportable, mientras que las cicatrices, que no son sino señales de muertes pequeñas, ayudan a aceptar su vecindad. Escribir, por otra parte, es una vociferación casi siempre inútil, una muleta para seguir andando entre los riesgos. Cuánta más dignidad habría en el silencio cuando el mundo que vemos, vivimos y sufrimos empieza a sernos ajeno.

La medicina, la cirugía sobre todo, ha encontrado remedios para hacernos la vida más llevadera y más larga. Lo primero es un claro progreso; lo segundo, no lo sé, pero estoy a punto de saberlo. No cualquier novedad es un progreso, casi ninguna lo es. El progreso técnico es indudable y nos ahorra sufrimiento físico, pero es un progreso cojo: una vida más larga para probar mejor, y en soledad, los desengaños; un espíritu más débil en un cuerpo más fuerte; un tiempo más cómodo, más fácil, poblado de mentes raquíticas. ¿No ha sido posible que creciera todo por igual? Uno está sano, desde luego y hasta ahora, y ha podido reanudar estos escritos. Ha salido del quirófano y de las manos hábiles del cirujano y a las pocas horas, antes de veinticuatro, ha salido por su pie del hospital sin dificultad ni dolor. ¿No ha sido posible encontrar el fármaco milagroso con los mismos resultados en el alma?

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