HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Progreso orweliano

La sociedad como conjunto y abstracción no es tonta. Si lo fuera, se habría hundido por completo víctima de su propia torpeza. No obstante, es prudente estar avisados cuando políticos audaces nos hablen como si fuéramos tontos, pues algo debe haber de cierto, y una sociedad atontada es un peligro en manos de quienes embrollan la manera de expresarse. Salvo la gente ínfima y sin remedio, en España se ha hablado muy bien siempre. Baste recordar cómo aprendimos español oyendo a nuestros padres, abuelos y tíos, que, en el caso de quien firma, no era ninguno catedrático de Lengua. En aquel tiempo cada vez más lejano los catedráticos eran verdaderos sabios en su disciplina y los políticos hablaban bien en su charlatanería. Si a esto se añade la dedicación continua desde niños a la lectura, no hay enredador que nos coja las vueltas.

Para los que se quedan perplejos oyendo un discurso del que sólo cogen palabras sueltas, hay una fórmula que no admite equivocación: si habla en nuestro mismo idioma, tenemos que entenderlo; si no lo entendemos, nos está liando. Error grave es el pensamiento acomplejado: somos ignorantes e incapaces de comprender el lenguaje inteligente y culto de alguien que ha accedido a altos puestos políticos precisamente por su inteligencia y cultura. Hay altos cargos inteligentes y cultos, pero son muy pocos; lo más corriente es que sean pícaros advenedizos, frívolos, semianalfabetos y de un descaro insultante. Estén atentos cuando hablen de economía, sus desaceleraciones y sus crecimientos negativos; o de igualdad, con la tolerancia cero, la unificación del trato sin mirar la calidad de la persona y el galimatías del lenguaje no sexista, que nos conducen a las oscuridades de la incomprensión. ¿No han inventado una manera nueva de falsear nuestra historia para asombro de historiadores e hispanistas? ¿No han presentado sin rubor en los foros internacionales el imposible empeño de aliar a las civilizaciones? Cuánta más razón para el implicado desparpajo en las cuestiones de casa.

Para conocer ejemplos de claridad expresiva y de cómo es posible darlo todo a entender, no hay sino leer la pornografía jurídica de la Santa Inquisición, el tribunal más benévolo de su época, tanto que los delincuentes comunes se declaraban herejes para que los trasladaran a sus cárceles. La Inquisición quería inquirir verdad para poder emitir juicios sin error y se obligaba a una lengua clara sin sombra de duda, no pocas veces molesta y aun escabrosa. Es preferible una inquisición diáfana, de la que nos podríamos defender, que otra orweliana con una lengua más pobre y más fea que la nuestra. No caigan en la trampa. Reciban los torcimientos políticos de la gramática sin seguirlos y con risa franca. Y un punto de compasión: sus inventores se ponen en ridículo y se avergüenzan luego en secreto de sus propios inventos.

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