Promete el cargo

Hay que agradecerle a Pedro Sánchez que no haya jurado ante la cruz ni sobre la Biblia

Que Pedro Sánchez prometa su cargo sin crucifijo ni Biblia, conociendo al político y el valor de sus promesas, es algo por lo que los cristianos españoles tenemos que estarle profundamente agradecidos. Al menos no ha involucrado símbolos tan queridos.

Tampoco es algo que tengan que celebrar como una victoria los más laicos de nuestros conciudadanos. Lo que importa del juramento o promesa de un presidente es su compromiso público de guardar (ay) y hacer guardar (ay) la Constitución (uf) y la lealtad al rey. Eso sí nos incumbe a todos: lo que se jura.

Sobre qué se hace o a través de qué es de incumbencia personalísima del jurador. Lo lógico es hacerlo sobre aquello más sagrado para él, que es la forma tradicional de otorgarle fuerza (que falta le hará) a su palabra. Natural que un ateo no jure por el crucifijo y (sobre)natural que un creyente sí. ¿Acaso no nos hemos enternecido a menudo con esos juramentos populares que expresan, como quien no quiere la cosa, qué es lo que las personas llevan en el corazón? "Lo prometo por mis hijas" o "Te lo juro por mis muertos" son expresiones coloquiales que esconden una honda trascendencia. La he podido sentir en carne propia cuando me ha recorrido un estremecimiento de lástima y de desprecio al descubrir que quien me acababa de prometer algo con un telúrico "que se muera mi madre" me estaba mintiendo.

Si hay que jurar por lo más sagrado para cada cual, yo hubiese aconsejado a Pedro Sánchez hacerlo "por su persona". Lo ha hecho por "su conciencia y honor", que también son palabras mayores, aunque como son suyas, no me atañen tanto como si lo hubiese hecho sobre nuestra Biblia y el crucifijo de nuestro Señor. Siendo su conciencia algo tan íntimo, Pedro Sánchez la debe de conocer. El honor, en cambio, es una noción más social, que depende del respeto de los demás, y habida cuenta de lo que ha mentido a tirios y troyanos, a propios (sobre todo) y a extraños, deja cierto margen de duda. Al menos no lo ha hecho por imperativo legal, que es otra cosa que tenemos que agradecerle. Ni ha jurado y perjurado, que es un inquietante aumentativo que levanta sospechas de todo lo contrario.

"Ha sido rápido", le ha dicho el rey tras el acto. "El dolor viene después", ha rematado, aunque sin precisar a quién le iba a doler. Me temo que Felipe VI, sin prometerla ni jurarla, es el que ha dicho la frase firme, honda, inamovible, para la historia.

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