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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Psicosis

Hay mucho Norman Bates suelto, y no necesariamente con un cuchillo de carnicero, les basta con un móvil

Hay efemérides que aunque recuerden algo triste guardan un valor añadido que hace que el día termine de manera satisfactoria, algo con lo que no habíamos contado según había ido desarrollándose la jornada, repleta de aristas afiladas. Más en estos tiempos.

Por ejemplo, la del otro día, los cuarenta años de la muerte de Alfred Hitchcock. No es regodeo en la desaparición del cineasta, por supuesto, sino en lo que trae consigo: la revisión de su obra o de parte de ella. Pero no ha hecho falta nunca el recordatorio necrológico. Igual que se releen ciertos libros no se dejan de ver ciertas películas. Hitchcock tiene unas cuantas.

¿Novedades? ¿Quieren cine moderno? No del que se nos vende como lo último y más revolucionario y transgresor cuando no es más que un peñazo cargado de intragable fatuidad. Ahí está Psicosis. De 1960. Desde los créditos del comienzo. Desde la escena inicial, con Janet Leigh en la cama de un hotel barato despidiéndose de un amante que hace que "lo respetable suene como un pecado".

El virus en la calle y Norman Bates en tu casa, sin distancia de seguridad. Pero es preferible su cercanía, por siniestra que sea, a la de otros. Fuera también hay unos cuantos psicópatas. De verdad. No son personajes de ficción. Aunque quizá lo suyo sea más de sociópatas. La jaranera Resistiré -aunque ya también psicótica- no es la sintonía exclusiva de estas semanas. Es la banda sonora de Psicosis. Muchos de los mensajes que se difunden en los grupos de whatsapp o a través de Twitter tienen el encanto y la dulzura de la vieja de la mecedora. Son como los tajos que asesta Norman en el cuarto de baño. ¿Qué voces resuenan en el coco de quienes los redactan y los transmiten?

Con ese ambiente en el exterior, es preferible ver y escuchar en medio de la madrugada a Bates largar su perorata a Marion Crane bajo sus siniestros pajarracos disecados y esperar acurrucado en el sofá a que llegue la escena de la ducha. Una vez más.

Ese fue el genio de Hitchcock. Saber que no dejaremos de mirar cuantas veces haga falta el reguero de sangre yéndose por el desagüe y el ojo sin vida de Janet Leigh sobre las baldosas.

Está bien que no olvidemos que aún queda por ahí mucho Norman Bates suelto. Como él, también disfrazados, pero no necesariamente esgrimiendo un cuchillo de carnicero. A algunos les basta con un móvil.

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