Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

'¡Puedemos!'

¡SÍ puede, Podemos! Claro que puede. Puede, en un rápido y esquemático resumen de los últimos titulares aparecidos en los medios y referidos a esta formación política, incumplir su programa electoral, apuntarse al enchufismo descarado, coartar la libertad de los que no piensan como ellos, ahuyentar la inversión, castigar al 'disidente', prometer lo que saben inasumible, falsear sin rubor, incrementar -en lugar de recortar- sus sueldos, admitir en sus filas a delincuentes convictos, fomentar la violencia, ocultar financiaciones sospechosas, atentar contra la unidad de España, suscribir políticas de dictaduras reconocidas, excusar el terrorismo, prevaricar, coaccionar la libertad religiosa -y la no religiosa, también-,intentar argumentar usando la más grosera de las demagogias, excluir a discreción, tergiversar por devoción, y mentir sin limitación; se puede, sí.

El comunismo, tal y como hoy lo conocemos, surgió a mediados del siglo XIX con el 'Manifiesto Comunista' de los filósofos alemanes Marx y Engels. Sin entrar en detalle, les recuerdo los principios de esta ideología: la abolición de la propiedad privada, la supresión de las clases sociales, la planificación colectiva de la vida comunitaria, la extinción del capitalismo y la instauración de lo que ellos, eufemísticamente, llaman 'dictadura del proletariado'.

Mucho ha llovido de entonces acá y, casualmente, siempre lo ha seguido haciendo desde arriba hacia abajo, me explico: nada ha cambiado. Si la idea comunista podría llegar a ser 'deseable' en un contexto idealizado, su ejecución real resulta imposible: somos seres humanos, no hormigas. Aspiramos a esa cuota de felicidad que nos haga la vida mejor, no a alimentar a una 'reina' que nos esclaviza y nos anula como personas libres, únicas, y dueñas de nuestro destino.

La Historia, los hechos constatados -opinables, no discutibles-, muestran el fracaso, rotundo e incontestable, de todos los intentos por imponer la doctrina comunista. No hay ni siquiera una triste excepción que sirviese para confirmar la regla. La Unión Soviética, Cuba, China, Albania, Corea del Norte, los antiguos 'países del Este', Vietnam, Laos, Camboya, Venezuela… todo un rosario de proyectos comunistas fracasados. Dictaduras, eso sí, pero no del proletariado, más bien de ese funesto 'Politburó' en el que la casta privilegiada, esa que dice luchar contra 'la casta' establecida, reprime, explota, encarcela y asesina a la clase que dice querer proteger. Ya ven, sigue lloviendo hacia abajo…

El comunismo es irrealizable, por utópico, e indeseable, por inhumano y cruel. Habida cuenta de las desastrosas experiencias que la Humanidad ha tenido que sufrir por su causa, del interminable reguero de dolor, violencia y odio que ha venido sembrando, de su absoluta incapacidad para contribuir al bienestar común y al logro de la mínima ración de felicidad -la susceptible de alcanzar por el hombre- con la que tenemos derecho a soñar; el comunismo, decía, como ocurre con otras ideologías confiscatorias, arbitrarias y antidemocráticas, debería estar excluido de las posibles opciones en juego dentro del mundo libre.

No, no fue el comunismo quien trajo la seguridad social, ni el subsidio de paro, ni tampoco la prestación por jubilación. Las formaciones políticas que han venido haciendo posible el estado del bienestar del que disfrutamos en buena parte del planeta han sido, siempre, 'demócratas' o 'republicanos', 'conservadores' o 'laboristas', 'demócratas-cristianos' o 'social-demócratas', socialistas o populares; nunca los comunistas.

Podemos es comunismo, puro y duro. Comunismo radical, extremo, con todas las connotaciones que ello implica, multiplicadas exponencialmente por un fundamentalismo letal.

Pablo Iglesias nos dice, ahora, que lo 'suyo' es la social democracia, la de toda la vida, vamos. Vergüenza no tiene, ni le importa, y hablar es gratis, además se le da bien. Pero la hemeroteca está ahí, 'Youtube' está ahí, y 'Facebook', y 'Twiter' y, sobre todo, lo que está ahí son sus actuaciones y su comportamiento, su actitud, y, por encima de todo, sus hechos -incuestionables, inamovibles-: 'por ellos -por sus hechos, no por su palabrería barata- los conoceréis'.

No se dejen manipular, nadie debería votar a Pablo Iglesias porque le caiga simpático, ni dejar de hacerlo porque lo diga yo. La situación exige reflexión. Hay que hacer oídos sordos a lo que políticos de cualquier credo o condición nos dicen o prometen, mucho más en campaña electoral. Sólo, examinen lo que cada uno ha hecho, y dejado de hacer. Sitúen a cada uno en las circunstancias en las que mandó, influyó, vetó, permitió o gobernó, aquí o allá: en un ayuntamiento o en una Comunidad, en una consejería o en un ministerio, en el Congreso de Madrid o en el de Bruselas. Luego, piensen… y decidan. Al menos, que lo que suceda el próximo día 26 sea lo que la mayoría quiera, sabiendo, a ser posible, que es lo que se quiere y, sabiendo también, que es lo que de verdad quieren aquellos a los que han confiado sus votos y, con ellos, el futuro de todos.

Poder no es 'pueder', aunque suene casi igual, pero no todo vale. No vayamos, por creer poder, a 'pueder' -perdón- cagarla.

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