DESDE la época del aceite de colza y las vacas locas no se conocían tantas plagas endémicas por nuestro entorno. Se supone que, junto al Kilimanjaro o en la frondosidad de la selva amazónica hay miles de posibles vectores infectocontagiosos por centímetro cuadrado. Pero la sociedad más cercana a nosotros, esa que se cree avanzada y postmoderna, esa que se creía inmune a los ataques biológicos, que andaba parapetada en las redes digitales, las nuevas tecnologías, los bitcoins y los viajes a Marte se está dando de bruces con la realidad.

Mucho nos tememos que esto solo ha sido empezar.

En el hospital de Jerez la tasa de nuevos ingresados por Covid sigue aumentando exponencialmente todas las semanas desde la Semana Santa. La incidencia en centros de Salud se ha duplicado en las últimas dos semanas tras la Feria. En mayo, la venta en farmacias de test ha triplicado la del mes anterior. Y la incidencia en niños, familiares de familiares, asistentes a celebraciones, comensales de las bodas, invitados a comuniones y demás personajes de la farándula social se incrementa cada día y no por arte de magia ni por culpa del azar. Más bien por la falta de conciencia preventiva de una civilización que hace ascos al sentido común y que se embarca a diario en riesgos innecesarios.

Cierto que la vacunación ha surtido efecto. Cierto que las técnicas diagnósticas y terapéuticas han permitido actuar en pocos meses. Pero no es menos cierto que, al igual que en otros ámbitos, la gente va a lo suyo, sin importarle el riesgo para los demás. Explicaciones no las hay. Y si las hubiera tendríamos que irnos a los tratados de psicología evolutiva, los de historia social o los de filosofía postmoderna, traducidos al castellano con la base literaria de una poesía trágica, un soneto épico o una letra de soleá desgarrada. Sobre todo, en Jerez. Para colmo, la viruela del mono ha hecho su aparición estelar. Y Fernando Simón. Al tiempo.

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