Coinciden los estrategas del arte bélico en que nada hay que conduzca con más facilidad a la derrota que infravalorar al enemigo. Y en esa dirección van muchos de los comentarios que se escuchan en estos días tanto en los medios informativos como en círculos privados. Los comentarios jocosos, las descalificaciones groseras, las opiniones más elementales acerca de las actitudes que se proclaman a uno y otro lado del espectro político, incluso los insultos primarios contra los que piensan de otra forma, proliferan por ese gallinero nacional en el que se ha convertido la sociedad española. Sólo falta, como solía decir un amigo mío, que cojamos la quijada de un burro y nos golpeemos unos a otros.

Y no hay que menospreciar a nadie. Cuando alguien ha llegado a ocupar un cargo verdaderamente importante, sin duda, no es obra de la casualidad. Aunque sólo sea un habilidoso hombre de paja en manos de mentes más inteligentes, por no decir perversas, que sean las que realmente muevan los hilos ya sea con su anuencia o a sus espaldas, no hay que menospreciarle. La inteligencia camina a veces por distintos derroteros y tan inteligente puede ser el que manipula como el que conscientemente se deja manipular para medrar.

La auténtica pandemia que nos asola se llama confusión. El coronavirus se irá, tarde o temprano, como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia. Las epidemias de peste se repitieron una y otra vez, pero los brotes nunca duraron más de tres o cuatro meses, a pesar de los escasos medios para controlarlos. Y lo mismo pasará con el Covid-19. Podrá repetirse en otoño, no sabemos, pero pasará. La confusión, en cambio, va para largo. El ser humano nunca ha estado más informado que ahora, al tiempo que se halla más confundido que nunca.

No hay que infravalorar a nadie. Como dicen los aficionados al fútbol, para meter el gol hay que estar en el sitio, en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Cuando los comunicados oficiales dicen una cosa y la contraria, cuando se hacen y deshacen pactos con unos y con otros o se dan consignas aparentemente absurdas e incomprensibles, no sea ingenuo, no infravalore a nadie. Mientras usted discute acerca de las mascarillas y la incongruencia de los horarios para pasear o hacer deporte, otros no dan puntada sin hilo. No se confunda, frío, frío, no va por ahí la cosa. Lo importante se está cociendo en otra parte.

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