En uno de los artículos reunidos en Monstruos y lógica, recopilación de piezas originalmente aparecidas en The Illustrated London News y desconocidas entre nosotros hasta la reciente edición de Renacimiento, se refería Chesterton a una nueva mojigatería que superaba incluso a la de los "días tristes y oscuros del final de la época puritana". En asuntos como este, en los que sin dejar de abanderar la ortodoxia ni de blandir su acostumbrado repertorio de paradojas, hablaba el luminoso polemista no sólo para su época, sino también para las futuras, se pone de manifiesto el genio de un escritor que comprendió que la mejor forma de perdurar -o al menos de no envejecer al vertiginoso ritmo de las modas- es ubicarse en una posición decididamente extemporánea. Porque las edades cambian pero los debates vuelven y por esa razón, aunque siempre haya adanes o evas que piensan que están inaugurando la historia, es bueno enjuiciar las cosas desde una perspectiva no inmediata. Los ejemplos, las propias palabras de Chesterton son tan actuales que si no fuera porque trata sobre todo de la religión, algo que ya no se considera de buen tono, parecería que se está refiriendo no a sus atribulados contemporáneos, sino a los nietos o bisnietos de los descreídos que entonces -el libro se publicó a mediados de los años treinta- cedían a la seducción de las ideologías totalitarias. Pocos autores como el inglés, acaso el más alegre de los apologetas que ha dado la cristiandad, han denunciado en términos tan claros la "terrorífica rigidez de los nuevos tabúes", defendidos por personas que presumen de libres y emancipadas mientras demuestran una intolerancia casi fanática, cuyo lúgubre parentesco con los rigoristas de otro tiempo se demuestra en el hecho de que también los modernos censores -nos dice- condenan los cuentos de hadas o las historias de piratas. Padecemos hoy un doble acoso de signo inverso, ejercido de una parte por lo que Chesterton llamaba el puritanismo progresista, que ha impuesto un detallado catecismo repleto de anatemas, y de otra por el que podríamos llamar de toda la vida, que en nuestro caso remite no a los siniestros devotos de Calvino sino a una moral, la calificada como nacional-católica, que ya parecía desfasada en los sesenta y fue de hecho ignorada por los creyentes no integristas. Es verdad que en el segundo caso se trata de una presión residual, pero como ambos puritanismos se retroalimentan el ascenso de uno tiene el efecto de reforzar a su contrario. Y no sabríamos decir quiénes son más obtusos, si los que se ofenden por la presencia de un crucifijo o los que querrían imponerlo por la fuerza en los dormitorios.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios