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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Queridos taurinos

Todo taurino tiene algo de narrador compulsivo y de tesoro de la lengua. Sólo por ellos merecería proteger la Fiesta

Vimos el pasado sábado la entrevista que Tendido Cero, uno de los pocos espacios taurinos que quedan en la televisión, hizo a Simón Casas, el peculiar empresario francés de las Ventas ("productor de arte, al estilo de Hollywood", como a él le gusta llamarse). Aunque desconocíamos al entrevistado y su contexto, no hacía falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que estábamos ante todo un personaje: polémico, seductor, grandilocuente, visionario, vendemotos, divertido, vitalista, algo canalla... Luego, por la noche, en la redacción del periódico, nos enteramos de la muerte en el ruedo de Iván Fandiño y se nos vino a la memoria una lectura antigua en la que el autor se encontraba en las montañas del Rif a una unidad militar española que iba de luto. A su pregunta del por qué del duelo, el oficial, un tanto desconcertado, le espetó: "¿Cómo, es que no se ha enterado de que ha muerto Joselito el Gallo en la plaza de Talavera?". En tiempos pretéritos, la muerte de un torero con las manoletinas puestas tenía casi el mismo rango que la de un Papa.

Hoy es un día negro para los aficionados a la Fiesta, siempre tan formales y caballerosos en lo que a los ritos de la muerte se refiere, y si nos permitimos la frivolidad de mezclar a dos personajes tan distintos y distantes, el polémico Casas y el ya legendario Iván Fandiño, es para reivindicar a un tipo de homo hispánico que está desapareciendo: el taurino. Podemos llegar a entender un mundo sin corridas de toros -a las que al fin y al cabo sólo acudimos gracias a la generosidad de otros-, pero no sin taurinos, esos personajes con los que nos hemos tropezado en repetidas ocasiones a lo largo de nuestra vida sin que nunca nos hayan resultado indiferentes: desde aquel enjuto y melancólico pariente del sur de Tenerife, siempre de traje oscuro, que consumía parte de su hacienda en acudir a las corridas de las Ventas y la Maestranza, hasta amistades más recientes y vinícolas que nos han brindado la extraña sensación de no sentirnos solos, parafraseando a Luis Alberto de Cuenca.

Todo taurino tiene algo de narrador compulsivo y de tesoro de la lengua. Escucharlos es internarse en un mundo de hazañas y palabras olvidadas, como si se mezclasen el Amadís de Gaula, el Covarrubias y el Cossío en un mismo torrente verbal. Sólo por ellos estaría justificado cualquier esfuerzo por proteger la Fiesta. Sirvan estas líneas, además, de formal y meridional pésame -cabezada y corbata negra incluidas- a la familia y amigos de Iván Fandiño, vizcaíno de Orduña, ex pelotari y matador de toros.

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