Si para Ortega y Gasset la Historia de España de los tres últimos siglos estaba totalmente ligada a la de las corridas de toros, la de los últimos años se puede comprender mejor tomando como referencia el mundo del fútbol. Actualmente, este mundo o submundo es un calco de la vida misma en el que la sociedad se ve reflejada fielmente dentro y fuera del campo. Las gradas, salvo dignas excepciones, están repletas de energúmenos dispuestos a largar exabruptos a la más mínima oportunidad. Hubo una temporada en la que un señor que ocupaba un asiento a mi lado acudía al estadio elegantemente vestido con corbata y ropa de calidad; su conversación era educadísima y correcta, pero nada más comenzar el partido se transformaba en una bestia vociferante que insultaba a árbitro y jugadores de uno y otro equipo. Toda una metamorfosis.

En el mundo del fútbol, como en la vida misma, escasean las personas inteligentes y sobran los listillos, que eso es otra cosa, y los botarates. Dentro del campo se pueden distinguir fácilmente las personas con cierta formación (las menos), los torpes, los brutos y los niñatos. Hay jugadores que son artistas y otros que son roperos empotrados. Los hay elegantes en su juego y en sus declaraciones, engreídos hasta en la forma de andar, como diría Miguel Muñoz, y apocados que no llegan a nada por su carácter reservado y pusilánime.

Recientemente hemos tenido dos ejemplos de jugadores artistas e inteligentes: Iniesta y Zidane. El primero ha dejado huella por su juego brillante y su caballerosidad dentro y fuera del campo. El segundo dio muestras de su clase cuando era jugador y de su inteligencia al retirarse como entrenador del equipo más laureado del mundo en la cresta de la ola. Toda una lección de inteligencia, sabedor de que el éxito en el fútbol no puede ser permanente y que las exigencias serían cada vez mayores.

En el polo opuesto se ha situado nuestro anterior presidente de gobierno. Él solo se ha ganado el banquillo. Mariano Rajoy ha sido titular en un equipo que le venía grande. Ha estado jugando en Primera División, pero al final ha deambulado por los campos de Segunda. En este mundo de mediocres pasan estas cosas. Aunque su gestión haya podido ser acertada, va a pasar a la historia como un tozudo de sostenella y no enmendalla que no supo retirarse a tiempo. No va a quedar como un artista, sino como un tuercebotas.

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