Vayamos, porque es de estricta aplicación al caso, a Tolstói y el manido comienzo de su Ana Karenina: todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz lo es de un modo particular. El caso es el de la familia real española, zarandeada por lo que se va conociendo un día sí y otro también sobre las andanzas del Rey emérito, el dinero de Arabia Saudí, sus cuentas en paraísos fiscales y su relación con Corinna Larsen. Además, ocurre esto en pleno periodo de pendulazo, una costumbre nacional a la que los españoles solemos entregarnos con pasión: de una especie de pacto de silencio no expreso que blindaba al Rey y a los suyos de cualquier atisbo de crítica o murmuración hemos pasado a justo lo contrario, a pasear por informativos y tertulias, para su escarnio y el de su hijo, todos los movimientos de Juan Carlos o incluso, como también sucede estos días, a especular en la prensa especializada con cuál es el niño de su clase que más tilín le hace a la princesa Leonor.

No está mal que la opinión pública sepa qué es lo que hizo el anterior Rey y que, en el momento procesal oportuno, si es que llega, se depuren las responsabilidades a que hubiera lugar, como ya ocurrió con el cuñado de Felipe VI, que sigue cumpliendo condena, y con su hermana, absuelta de delito fiscal. España es una democracia y una democracia se caracteriza precisamente por ser un sistema en el que la opinión pública tiene derecho a conocer y a juzgar y que consagra la libertad de expresión como uno de sus pilares fundamentales.

Pero quizás sería también el momento de reconocer los esfuerzos que está haciendo el Rey actual por marcar distancias y trazar cortafuegos que mantengan a la Jefatura del Estado al margen de lo que está sucediendo. La ejemplaridad que está demostrando en el desempeño de sus funciones el actual inquilino de La Zarzuela está fuera de dudas y sólo puede ser cuestionada por quien vaya con las anteojeras ideológicas puestas. Pero el empeño no es fácil, sobre todo cuando la Corona está en el punto de mira de un partido, como Podemos, que forma parte del Gobierno de España. El Rey sabe mejor que nadie que la conducta de los padres afecta a la de los hijos y que si eso es así en la vida de la gente normal en su caso es mucho más evidente. Y que a final cuando llueve sobre la cabeza de Juan Carlos truena sobre la de Felipe.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios