O cómo estropear el idioma. Una de las actuales modas juveniles, surgida al amparo del super-desarrollo de la telefonía móvil, es el uso masivo que los adolescentes y jóvenes hacen de "los mensajes breves de texto" a través del móvil. Los SMS son una herramienta de comunicación barata, pero que puede acarrear fatales consecuencias en lo que se refiere al dominio de la lengua oral y escrita con registro formal. Todos los humanos sentimos la necesidad imperiosa de comunicarnos, y en ello han encontrado un recurso lucrativo las empresas de telefonía. Para ellas lo importante es que los móviles de última generación lo incluyan todo: internet, mensajería, vídeo, etc. De esta guisa lo normal es que los jóvenes estén todo el día enganchados al móvil, comunicándose con sus semejantes pero no a través de la palabra, sino por medio de los mensajes breves de texto.

Si todo se quedara en una adelanto de los muchos a los que nos tienen acostumbrados las NN.TT. la cosa estaría bien. Pero el tema es que el engancharse a este código de comunicación comparta sus riegos. La imperiosa necesidad de acortar el texto, conlleva la supresión de caracteres, el uso de emoticones, el uso reiterado de las abreviaturas, la mezcla de grafía y dígitos. Y todo ello para decir mucho en poco espacio y menos tiempo. Esta enorme condensación del lenguaje acarrea fatales consecuencias para quienes no saben discernir entre los mensajes de texto, propios de la lengua oral y del registro coloquial, y la lengua formal. De esta confusión surgen las faltas de ortografía, el escaso respeto a las normas lingüísticas asumidas por la comunidad hablante, y en definitiva, las personas que nos efectúan el cambio de registro aludido, al final transgreden el idioma de un modo sistemático y la mayor parte de las veces inconsciente.

Claro que los nuevos modos de comunicarse aportados por el gran desarrollo de las Tecnologías de la Comunicación son útiles. Pero lo son cuando cumplen su función, y no lo son cuando atentan contra la capacidad humana de hablarse cara a cara. Los medios tecnológicos son un recurso, pero no un fin en si mismos, y mucho menos una excusa para impedir el normal desarrollo de los actos del habla.

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