HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Saber leer

NO hay duda de que es una ventaja, pero como valor social es de tiempos recientes. Saber leer era una profesión, como saber escribir, y quienes no se dedicaban a esos menesteres no tenían por qué aprender. ¿A quiénes aventajaban los príncipes renacentistas y su corte de nobles aprendiendo a leer y a escribir, rodeados, como estaban, de letrados, teólogos y presentados, lectores y escribanos, cuyo cometido era justamente servir a sus señores? Príncipe hubo con letras y aun con buenos versos, Lorenzo de Médicis y Carlos de Orleáns entre ellos, pero era un adorno voluntario añadido a la magnificencia de los poderosos. No les hacía falta para ser excelentes soberanos y políticos y llevar a sus Estados a la prosperidad con el respeto de las naciones. En España la gente se avergüenza de no saber leer y lo ocultan, mientras que no le da vergüenza alguna deletrear sin saber interpretar un escrito, que es lo corriente.

Ayer, coincidiendo con la Natividad de la Virgen, fue el día que la ONU dedica a recordarnos la conveniencia de la alfabetización. Nuestra Señora seguramente no sabía leer, ni la mayoría de los apóstoles (de Jesucristo no digo nada para no caer en herejía), y fíjense el destino glorioso para el que fueron escogidos, por la justa costumbre del Señor de derribar del trono a los poderosos y enaltecer a los humildes. Saber leer, como decía, es una ventaja, pero saber leer bien. Las organizaciones internacionales y las oenegés se empeñan en hacer campañas de alfabetización en zonas hambrientas del mundo con éxito muy local y relativo, porque las personas que viven en esos lugares desdichados quieren comer y que detengan las miserias y guerras que se lo impiden, no leer a Sédar Senghor. Una vez comidos, hay ánimo para todo. Lo dice Ritchie en su conocido ensayo Comida y civilización: "La Humanidad sólo ha podido pasar de un estado semisalvaje a otro civilizado gracias a modificaciones considerables en su dieta."

Leer y comprender la lectura está bien una vez resueltas las necesidades humanas primordiales. Sólo entonces el hombre puede dedicar tiempo y energía para elevarse sobre las demás especies y la propia, en la búsqueda de placeres intelectuales y espirituales que le hagan la vida más llevadera. Ahora bien, según el mismo ensayista, el hambre despierta el ingenio para descubrir cultivos y herramientas que produzcan más comida, pero se despierta el ingenio de los que comen. Si los hambrientos no tienen tiempo más que para su hambre, ¿cómo queremos que se apliquen en la lectura? Juzgamos a las naciones desgraciadas con nuestra predisposición anímica de hartos y nuestra mentalidad grecorromana y cristiana. No recuerdo a qué cacique precolombino le entregaron los conquistadores los evangelios: el indio olió el libro, se lo acercó al oído y lo tiró. Los países en la miseria ni siquiera tienen libros.

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