La columna

Bernardo Palomo

Saldos vergonzantes

Era de esperar, después de la corrida del domingo anterior, cuando hasta los santones de la crítica taurina pontificaban sobre la faena de Ponce - una más de su aburrida y hasta engañosa, para los buenos aficionados, trayectoria -, según ellos, la quintaesencia del toreo. ¡Así nos va! La corrida era muy atractiva sobre el papel, pero que, a la hora de la verdad, no fue si no un festejo más, donde casi todo estuvo de más. Lo mejor fue la taquilla, auspiciada por un público -que no afición- para el que todo estaba bien en este tiempo de descanso. El cartel era de los más esperanzador. Morante es Morante para bien y para mal y, los demás, compañeros de cartel. Pero, claro, estábamos en El Puerto en los tiempos que no son, ni mucho menos, los de mayor gloria de una Plaza Real que fue auténtica referencia - la frase del gran Gallito lo afirma todo-. El coso, prácticamente, lleno por la gente de las revistas del corazón, los veraneantes de pro, los politiquillos y su séquito, los conocidos locutores - estas dos especies, aficionados de gañote -, esa gente que gustan señalarse sin saber muy bien dónde están y a qué han ido a ver, así como los muchos de los que asisten a los toros en verano para quitarse del tedio estival de El Puerto playero y sus zonas de referencias. En los tendidos, desgraciadamente, muy poco aficionados. Si no, ¿cómo se iba a permitir semejante corrida de novilletes tan mal presentados?, ¿cómo se iba a jalear ciertos pasajes que ocurrieron en la corrida?, ¿cómo se iba a considerar como lo máximo a la faena del sexto de la tarde, con sus dos orejas, palmas por bulerías incluidas? ¡Qué baratas están, ahora, las palmas a compás! La corrida del domingo en El Puerto sólo nos va a quedar en la memoria por ser una corrida más, con toros sin cara, sin hechuras, sin trapío y con mucha poca vergüenza por quienes permitieron que fuesen lidiados aquellos vergonzantes desechos de tienta. Lo de menos fueron los toros con los cuernos partidos.

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