HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

San Gualterio

H ABLÁBAMOS ayer de la salud como mito antiguo que ha perdurado hasta hoy y en el que los santos tienen mucho que decir. El baile de los santos de una fecha a otra, en el que la Iglesia está dispuesta a no poner fin para tribulación de los piadosos, ha hecho saltar a san Gualterio de Pontoise (la forma española del Walter tan usado en otros países) del 8 de abril al 23 de marzo. Ignoro por qué, aunque es posible que se haya encontrado un documento con la verdadera fecha de su muerte, que es cuando la Iglesia celebra el tránsito a la Vida Eterna de los bienaventurados. Para la salud fue muy dispuesto san Gualterio, pues curaba unas fiebres que en el siglo XI, y siglos después, se desconocía su origen. Serían tercianas. Un día que unos enfermos de fiebre iban a visitarlo, unos caminantes se rieron de la fe simple de creer que un pobre ermitaño podía curarlas. Las fiebres pasaron a los burladores y san Gualterio generosamente los curó.

No llevó vida de ermitaño siempre porque no lo dejaron, aunque era su verdadera vocación. En el monasterio benedictino donde ingresó primero, alcanzó tan pronto fama de santo que quiso huir por humildad de las alabanzas. Cuando fue nombrado abad de Pontoise aumentó su buen nombre. Un día se escapó de la abadía y, con permiso del abad de Cluny, se fue a vivir a una celda aislada de esta otra famosa abadía, pero lo supo el obispo de Ruán y le mandó volver a su puesto en Pontoise. Allí se construyó en unos roquedales cercanos una celda donde pasaba todo el tiempo que sus obligaciones le dejaban, hasta que decidió quedarse en ella para siempre. De nuevo es obligado a retomar su autoridad abacial y huye otra vez: en esta ocasión a una isla fluvial, pero también es descubierto. No le queda otra salida que peregrinar a Roma para obtener del Papa el privilegio de vivir en aislamiento.

El papa era a la sazón el gran reformador y santo Gregorio VII. La fama que precedía a Gualterio hizo que el sucesor de san Pedro lo recibiera con toda clase de miramientos, pero no cedió a la petición de abandonar Pontoise, porque la Iglesia necesitaba en aquellos momentos de hombres como él, para que la vida en los monasterios fuera ejemplar a los ojos de Dios y de los hombres. Desde ese instante dedicó su vida a la idea reformadora de Gregorio VII. Puso orden en ciertas licencias que los monjes de su abadía se habían tomado por las ausencias del abad. Reprendió a la nobleza por sus vicios y amonestó con gran rigor al propio rey, Felipe I, por vender cargos públicos, incluso eclesiásticos, y fue perseguido y encarcelado por ello. Al salir de las prisiones, ya muy anciano, se le permitió vivir sus últimos años en la amada celda de los roquedales. Además de contra las fiebres incurables, es abogado contra el poder civil que no quiere reconocer la autoridad moral de la Iglesia.

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