En tránsito

Eduardo Jordá

Sangre, sudor y lágrimas

EL 18 de junio de 1940, la guerra se estaba poniendo muy fea para los británicos. Los alemanes habían conquistado Francia en una campaña relámpago y se preparaban para atacar Inglaterra. Media Europa había caído ya en su poder. Alemania tenía una superioridad abrumadora en aviones, barcos y divisiones acorazadas, así que una gran parte de la opinión pública británica era partidaria del armisticio. Políticos y militares aconsejaban un acuerdo de paz. Pero Winston Churchill se negó. Churchill había sido nombrado primer ministro un mes antes y había formado un gobierno de coalición, con el lema de que no tenía nada que ofrecer, a no ser "sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas" (la frase era de Garibaldi, pero ahora todo el mundo se la atribuye a Churchill). Nada habría sido más razonable que detener una guerra que casi todo el mundo consideraba perdida. Si parecía imposible que Inglaterra resistiera, lo más sensato para mucha gente habría sido llegar a algún compromiso con los nazis. Pero Churchill se opuso con todas sus fuerzas. Y el 18 de junio pronunció uno de sus grandes discursos en el Parlamento, en el que citó todas las amenazas que su pueblo iba a tener que soportar. "Muy pronto se abatirá sobre nosotros toda la furia y el poder del enemigo -dijo-, porque Hitler sabe que tendrá que dominar esta isla si no quiere perder la guerra. Pero si resistimos, toda Europa podrá ser libre algún día".

Churchill no era un gran orador. Tartamudeaba, tenía problemas para pronunciar las eses y a veces perdía el hilo de lo que decía. Pero en esos discursos de mayo y junio de 1940, en sus discursos más difíciles y más decisivos, procuró que no hubiera ni un solo error. Corrigió los párrafos, reescribió todo lo que le sonaba mal, e incluso llegó a adaptar las frases más importantes al ritmo del endecasílabo, para que tuvieran la sonoridad de un salmo bíblico. Como es natural, quería ser convincente. Si él mismo no lograba transmitir en sus discursos su emoción y su deseo de resistir, ¿cómo iba a convencer a sus compatriotas para que se preparasen a ser bombardeados por un enemigo mucho más poderoso?

Es curioso que entre nosotros Churchill sea tan poco conocido. ¿Se conocen estos discursos trascendentales para la historia del siglo XX, en los que Churchill elogiaba, por cierto, el valor de los barceloneses que habían soportado los bombardeos de la aviación franquista? No lo creo. Pero si hay un político grande en el siglo XX, ese político es Churchill. Y lo fue porque supo demostrar que la grandeza de un político está en hacer no lo que todo el mundo cree que se debe hacer, sino justo lo que nadie quiere hacer, porque hacerlo es arriesgado y duro y doloroso. Justo al revés que los políticos de hoy.

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