Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Santa Pola, Alicante

El rey del registro de Santa Pola está de vacaciones por primera vez en años: uno se lo imagina

En un viaje por la India y Nepal que hicimos un pequeño grupo de tiesos -entonces no se utilizaba esa palabra como se usa hoy-, cada vez que las dificultades nos invadían de angustia o agotamiento, solíamos repetir una de esas frases que desengrasan o provocan una risa, tan higiénicas y pandillares, acuñadas de pronto y con éxito en tierra hostil: "Con lo bien que se debe de estar en Santa Pola, Alicante"… en vez de con una sanguijuela en la ceja en pleno ascenso bajo el Monzón o al abrir la puerta de una habitación inmunda. "Un apartamento en Santa Pola, Alicante", eso anunciaba Mayra Gómez Kemp en el Un, dos, tres como premio estrella: nuestro eslogan era por eso. Ahora que Rajoy ha vuelto a ocupar su plaza en el Registro de la Propiedad de esa localidad alicantina, aquella expresión recobra fuerza, y viene que ni pintada -eso piensa uno- a la nueva vida de uno de los políticos de más dilatado currículum de la historia de la democracia española, si no el que más.

Llega el veraneo, tiempo de supuesto descanso. Mi madre, de impronta protestante a pesar de su fe católica, solía decirnos que el verano no era para holgar, que en realidad se descansa cambiando de actividad. Uno, mientras comienza a preparar la impedimenta estival -ropa que nunca te pones ni quizá pondrías, libros que quizá volverán vírgenes al domicilio habitual, ilusiones gastronómicas y deportivas- se imagina en Santa Pola a quien ya será don Mariano en vez de Rajoy o Mariano Rajoy. Don Mariano con la guayabera, dando algún paseo de esos con que nos regalaban los noticiarios en verano: braceo aficionado, vestimenta sin pretensiones, atletismo improbable. Por el paseo marítimo frente a la playa mediterránea, atestada, con sus alpargatas de esparto, tan de padre de familia. Con las canillas desplumadas ya de vello. Devolviendo los "buenos días" al paisanaje, arrastrando sus eses finales con su típica manera. En el mercado comprando un cuarto de gambas rojas para compartir con su invisible mujer; su cabeza sobresaliendo entre las cuarteladas.

Sin embargo, es posible que su eterna comisión de servicios en la política le haya dado el derecho a tomarse unas vacaciones nada más reocupar la plaza de registrador. Qué divino aburrimiento, el del rey del registro, comparado con lidiar -poco, eso sí- con el procés, con las puyas de Tableta Aznar o con aquello que dimos en llamar Troika. Y que esté en Pontevedra, su ciudad, tan ricamente provinciana. Y de vez en cuando se dé un salto a El Grove al almorzar como haría un registrador en vacaciones.

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