Su propio afán

Enrique García-Máiquez

Santa Teresa de Calcuta

UN santo siempre es muy incómodo. Nunca lo está, desde luego, porque santo es quien llega al Cielo y está, por tanto, en la Gloria, que es estar en la gloria. Pero lo es para nosotros, porque un santo proclamado en la tierra, por la Iglesia, es un modelo propuesto a la imitación de todos los cristianos.

Santa Teresa de Calcuta no es, como no lo fue en vida, una santa confortable o acomodaticia. Por un lado, es una santa que desborda, desde su mismo centro, el imaginario oenegé. Nadie ayudó más a los más pobres más pobres, pero, a la vez, nadie dejó más claro que era el amor de Cristo en acción, que pertenecía a la Iglesia, que el aborto era un crimen ("No los matéis, dádmelos a mí", gritó) y que amaba y veneraba al Romano Pontífice. Quien más defendía la idéntica y suprema dignidad de cada ser humano, era, a la vez, consciente y respetuosa con las jerarquías y las dignidades. Lo cual no es un gesto estrafalario, sino que propone un concepto de igualdad radicalmente distinto del igualitarismo que se nos impone como el monopolio de lo digno y democrático. Allí los cargos se identifican con la entrega, no alteran la ontología, y son responsabilidades. La amistad y la compenetración entre santa Teresa de Calcuta y san Juan Pablo II es un monumento de la Iglesia contemporánea y uno los ve, juntos, como a unos san Pedro y san Pablo del siglo XX, complementarios, velando, con las llaves y la espada, por la misma Iglesia, que tiene diversidad de carismas y de dones, pero una sola alma.

No podemos estar más contentos. Pero tampoco es una santa cómoda, ni muchos menos, para los que ya sabíamos todo esto y lo vemos gozosamente confirmado con su vida. La nueva santa nos recuerda que la verdadera autoridad es el servicio, que el amor auténtico estriba en la caridad, que la alegría surge de la entrega y que las obras han de nacer de la fe y mostrarla y demostrarla al mundo. No vale con tener las ideas claras. Hay que arremangarse, nos advierte santa Teresa de Calcuta, y no de cualquier modo, sino del modo más costoso, que es el amor a todos y a cada uno, empezando por los más pequeños y necesitados. Nos deja, además, sin excusas, porque nos recordó que, para quien sabe mirar, hay una Calcuta en todas partes, que la mayor pobreza es el hambre y la sed de Cristo y que nadie es tan humilde o incapaz como para no tener una misión de Dios que realizar para con nuestros prójimos.

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