Saray García

Toda esa desnudez, todo ese precipicio, para el baile de Saray Garcia que tiene la humildad y el atrevimiento de las grandes figuras

Este fin de semana, aprovechando el puente me he ido muy lejos. No podía faltar a la cita. Convencí a mi marido, descartamos otras excursiones más previsibles y allá que nos plantamos. El camino se nos hizo corto, la espera larga. Estábamos rodeados de extranjeros, la mayoría asiáticos sin mascarilla no sé si por darle emoción al momento o porque no creen los pasajes bíblicos de epidemias y plagas que relatan los periódicos de todo el mundo. También había visitantes de otras partes de España, de Extremadura, de Madrid, de Barcelona, de muchos rincones. Algunos con pinta de artistas, vestidos como si acabaran de bajar de un escenario. Cerca de mí una discreta pareja hablaba en francés y una pandilla de jóvenes escapados del Erasmus se gastaban bromas. Una chica frágil hizo una pirueta de ballet clásico con zapatillas de deporte muy sucias para entretener la espera. Y gitanos. Todos aguardando en una cola improvisada y exótica a que nos abrieran la puerta lateral de los claustros de un convento. Con expectación nos mirábamos unos a otros como fieles devotos de una extraña hermandad. Al fin se abrió la puerta, subimos unas escaleras y nos metieron en una nave de gruesos muros y altos techos dejándonos en la más completa oscuridad.

Se encendió el escenario. Yo me creía que iba a ver un espectáculo de baile flamenco, pero no. Ni coreografías, ni escenografías, ni cuerpos de baile, ni grupos de palmeros ahogando el cante, arropando a la artista. Ni ocurrencias ni estridencias de las que ahora se estilan. Nada de eso. Un escenario sobrio y oscuro como el brocal de un pozo del que sacar el agua más limpia, pura y cristalina. Toda esa desnudez, todo ese precipicio, para el baile de Saray Garcia que tiene la humildad y el atrevimiento de las grandes figuras. Su abuelo El Zorri le cantó en un susurro para calentarle el escenario y su abuela nos hablaba de la calle del Sol en la que Saray se crio. Y a partir de ahí el barrio de San Miguel saltó por todas las costuras del baile ya fuera alegre, ya fuera vistoso con bata de cola y mantón o el más triste sollozando al compás de Juanillorro. Hubo un momento en que el cante único de Luis Moneo sonó a su estirpe y Saray le bailó poseída de su voz, de su aliento y de su sangre. Se paró el tiempo o más bien retrocedió a cuando cante y baile eran verdad y sentimiento. Ya digo, este fin de semana he ido tan lejos que todavía no he vuelto.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios