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Secuestrados

Apenas podemos hablar de Europa, porque estamos distraídos con el ensayo teatral del separatismo catalán

En España, en estas fechas deberíamos estar volcados hablando de Europa, de sus problemas, de las ilusiones que todavía despierta y de los peligrosos enterradores que la acechan. Debería ser la cuestión palpitante, porque en estas elecciones se juega la permanencia de uno de los experimentos democráticos que más frutos ha dado ya. No sólo es un proyecto cargado de esperanzas: ya es un hecho con beneficios palpables. Y para comprobarlo basta contemplar la estremecedora deriva inglesa, incapaz de una solución de recambio y encallada en el ridículo. La idea de Europa que se ha puesto en marcha -y debe continuar- cuenta con numerosos enemigos internos y externos, pero también ha movilizado a ciento de escritores, estudiosos e intelectuales que, al margen de los políticos, día tras día, debaten, crean foros, publican libros para convencer a los europeos de cuánto significa una unión, bien llevada, tras un diluvio de guerras. Estas manifestaciones, unas más críticas, otras repletas de propuestas, prueban el poder de convocatoria de una idea que lleva tres mil años fraguándose para poner fin al viejo concepto de frontera.

Sin embargo, en España apenas podemos hablar de Europa, analizar sus conflictos, comentar esos libros, poner en un primer plano sus próximas elecciones, porque estamos distraídos, secuestrados, encerrados con un solo juguete: el estrambótico ensayo teatral del separatismo catalán (y en menor grado, ahora, el vasco). En efecto, esta obsesión por una independencia que encierra, en germen, una carga de profundidad contra el núcleo mismo de una Europa sin fronteras, ha logrado -irónica paradoja- ocupar el escenario más vivo de la sociedad española. Que asiste, estupefacta, a este intento por parte de hombres públicos catalanes de minar al propio estado, desde dentro, con dinero, claro está, de los presupuestos generados por ese mismo estado. Por tanto, ¿cómo va a pensar en las cualidades superiores de una Europa sin fronteras, esa parte de España que, cada mañana abre el periódico, y se ve odiada y despreciada por otra parte de España que, de pronto, ha descubierto que para sentirse más catalana necesita, sobre todo y ante todo, dejar de ser española.

Así, a la hora de pensar en Europa, los españoles están secuestrados a causa de una triste y mezquina trampa, bien urdida, con dinero público. Es decir, en lugar de estar pendientes del frondoso bosque europeo, lleno de expectativas, un pueblo ya adulto, como el español, se ve obligado a ensimismarse contemplando las trifulcas de un separatismo infantil, que sueña con el juguete imaginario de una frontera interior.

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