notas al margen

David Fernández

Segismundo

SEGISMUNDO despertó tal día como hoy y para qué les cuento. Como la vida es sueño, creyó que era verano y nevaba y que en invierno era el sol el que le achicharraba la cabeza. Todo se hacía al revés, el compañero le traicionaba y era el adversario el que le miraba de frente con nobleza. Observó con estupor los abusos de quienes tenían que dar ejemplo y se escondían detrás del poder mal entendido. Y no dio crédito cuando vio que el enfermo era el que recetaba al médico paciencia para curar su espanto y ansiedad por los recortes, y el alumno el que imponía su ley en las aulas. Padres y docentes no sabían ya qué hacer frente a unos (no tan) jóvenes a los que los jueces echaban de sus casas. Soñó que se quemaban bosques a conciencia y que los reyes lloraban sus penas porque no podían celebrar banquetes después del gran atracón. Y algo peor, que los políticos reinaban, pero no mandaban, porque quienes realmente gobernaban en pleno siglo XXI no salían de las urnas. Eran unos señores desde la sombra a quienes los ciudadanos, hartos de poner las dos mejillas y la rodilla en el suelo, plantaban cara a duras penas. Muchos se sentían para colmo algo responsables porque conocían casos menores de corrupción desde antaño pero casi nadie hizo nada durante el festival. Le hablaron del banquero que estafó a jubilados y del joven pensionista incapaz al 100% por depresión que vivía de feria en feria; del político que cobraba la dieta aunque comiera y durmiera a diario en casa de su madre, y del autónomo que no quería saber nada del IVA, visto el cachondeo general. Aun así, lo que le impactó -casi tanto como la amnistía para las grandes fortunas, las redes sociales y los cumpleaños de los niños que ahora duran dos días con fiesta de la espuma incluida- fue el caso del parado que no quería que le diesen de alta para no dejar de percibir un salario. No alcanzó a comprender que se pague un sueldo a la persona que no encuentra empleo en lugar de proporcionarle uno que aporte a todos. Conoció con asombro que en la actualidad la gente era privilegiada por volver al trabajo de las vacaciones con ansiedad y dando gracias. Y con sumo interés supo de los nuevos teléfonos inteligentes, que te hacen parecer tonto. Marcó el número contra el maltrato a la mujer y a los menores, el de la esperanza y el de atención al cliente, el de los bomberos y la pitonisa Lola. Pero por más que buscó no encontró un número, por ejemplo el 123, para denunciar esa corrupción a pequeña escala que vemos a diario con tanta naturalidad y que nos moja como la lluvia fina hasta calar los tuétanos de los huesos. Que no existiera este mecanismo tan sencillo para evitar tantos abusos le dejó frío como el mármol. Y a Segismundo se le quitaron las ganas de seguir soñando por primera vez en su vida.

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