La torre del vigía

Juan Manuel Sainz Peña

La Semana Santa de antes

Imagino que la infancia y el tiempo se encargan siempre de idealizar las cosas, de llevarnos a la memoria recuerdos de lo que sentimos y de lo que vivimos. Supongo, entonces, que por eso, cuando echo la vista atrás e imagino, ya que hoy es Domingo de Ramos, la Semana Santa de cuando era pequeño, me quedo con aquella, y no con ésta, convertida por unos cuantos en un espectáculo casi privado, donde, salvo en las salidas y en las recogidas, es casi imposible ver a las hermandades con detalle. Los antes mencionados, precursores de una Carrera Oficial convertida en un sambódromo (ya saben, el recinto que se instala en Río de Janeiro para que la gente vea en la gradas el carnaval) tienen gran parte de culpa; y los que lo han permitido, con la excusa de poner orden y realzar la Semana Mayor, son igual de culpables. Eso por no hablar del perjuicio que supone -sin excusa de ningún tipo- la manía de montar los palcos con más de un mes de antelación.

Ahora todo me parece desvirtuado, artificial y, en muchos casos, muy alejado del mensaje de Cristo. Se pugna -y esto no es un tópico ni es nuevo- por tener el paso más valioso, las insignias más meritorias (sí, ya sé que muchas hermandades hacen obras de caridad). Además, hoy por hoy, cualquier excusa es buena para sacar un paso a la calle. Da lo mismo que sea verano o invierno. Centenarios y efemérides varias valen para tener una banda y un paso dando vueltas.

Para colmo, con este malentendido uso de la libertad, algunos se pasan los días sagrados (lo son para los creyentes y el resto debe respetarlos, cuando menos) por el arco de triunfo. Se confunde el Viernes Santo de madrugada con un cotillón de fin de año, y el ambiente de la gente en la calle, con una macrofiesta.

Creo que es normal, pues, que me quede con el recuerdo de mis padres en la calle Larga, con el olor de las torrijas y ese respeto por las cosas que hace tanto tiempo se fue al carajo.

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