Diez años hace ya que se inauguró el Metro de Sevilla y, noticia manda, ha vuelto a hablarse de las líneas que faltan y de la necesidad de continuar con él para facilitar el desplazamiento de más de un millón de personas que habitan el área metropolitana. Esto sin contar con los que viven en otras provincias como Cádiz y Huelva que se ven obligados a pasar por Sevilla o su circunvalación en sus desplazamientos de una provincia a otra.

En estos diez años sólo he viajado una vez en Metro. Fue para presentar una novela de mi amigo Paco Gallardo en Mairena del Aljarafe y allá que nos fuimos los dos, como unos Paco Martínez Soria cualquiera, caminando desde el centro hasta la Puerta Jerez para coger el Metro, como quien se sube a la noria en la calle del infierno. Quiero con esto decir que el Metro es útil, nadie lo duda y testigo de ello son los diecisiete millones de viajeros que lo utilizan al año, pero solo les viene bien a los que viven en Mairena del Aljarafe y Montequinto. Personas muy respetables y de lo que me alegro, entre los que se incluyen algunos amigos. Pero al resto de los sevillanos o a los que viven en los pueblos cercanos del Aljarafe, el Metro les resulta de la misma utilidad que las barcas de remo que había en el estanque de la Plaza de España.

Cuando repaso el croquis de las líneas proyectadas y veo una línea 2 que partiendo de Torre Triana, pasaría por Plaza de Armas y atravesaría el centro hasta llegar a Sevilla Este, Palacio de Congresos incluido, no pude más que esbozar una irónica sonrisa. No escribo risa por respeto, pero dudé si estaba leyendo este prestigioso diario o tenía en mis manos un ejemplar ajado de la desaparecida Codorniz. Pensar que veamos pasar un Metro por el Duque, San Pedro y la Puerta Osario, supone un ejercicio de videncia tan grande que no creo lo conozcan ni la generación presente ni varias de las venideras.

El proyecto del Metro de Sevilla es una entelequia que aparece y desaparece cada vez que se acercan las elecciones. Todos defienden el Metro, pero a la hora de pagar todo el mundo mira para otro lado. Dinero ha habido, si no ahí están las setas de la Encarnación, tan airochas ellas y tan defendidas porque los turistas van a pasearse y fotografiarse en ellas, pero para eso ya estaban los caballitos de cartón de los retratistas de los Jardines de Murillo y resultaban más baratos.

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