DIARIO DE JEREZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Quienes me conocen lo saben. El dinero peor invertido de mi vida fue el que gasté en comprarme una casa. Y no porque me guste dormir debajo de los puentes, sino porque para vivir en una casa ni siquiera hace falta haberla comprado antes. Y fue una nefasta inversión porque además, para el tiempo que paso dentro, casi mejor me podía haber comprado un bar que no cerrara a mediodía. O un cine de verano. O mejor, una calle, que es lo que realmente me gusta. Pero por mi barrio al menos no se ve que haya ninguna en venta, así que me tuve que conformar con el piso, que no pilla muy lejos de la calle en cuestión, pero es más estrecho.

Bien mirado, el asunto no es tan grave, pues gracias al confinamiento en el que esta maldita epidemia nos tiene presos, he empezado a amortizar aquella dudosa inversión inmobiliaria. Es cierto que no me he cruzado con ningún conocido por el pasillo, y que el café lo tengo que tomar solo. Con leche, pero solo. Sin embargo, después de la primera semana de clausura he descubierto que tengo libros que no recordaba haber comprado (las memorias de Ava Gardner, por ejemplo). He encontrado tiempo para escuchar enteros muchos discos que sólo había puesto por encima. Por si fuera poco, ya no tengo que cocinar con la olla rápida porque me sobra tiempo para hacer los guisos a fuego lento. Y por ahora, aunque me sobren horas, no voy a ponerme a hacer mantelitos de croché, primero, porque no sé hacer croché, y segundo, porque no sabría qué hacer luego con los mantelitos.

Además he vuelto a comprobar que hace treinta años éramos más jóvenes. Lo he comprobado sobre todo cuando saqué el otro día del baúl unas revistas de los ochenta y verifiqué que Antoñete llenaba las plazas de toros, que Radio Futura iba a actuar en Jerez y que Randy Mamola seguía ganando las carreras sin quitarse el casco. Aquellas revistas, cuando jugaban a predecir el futuro, unas veces fallaban (como cuando La Luna de Madrid pronosticó en broma que Alaska sería madre de trillizos), pero otras acertaban. Por ejemplo, cuando aventuró que en los noventa los Rolling seguirían dando conciertos.

En fin, salvando las nostalgias, esperemos que este encierro sirva por lo menos para que cada uno ordene su caja de herramientas. Yo, desde mi confinamiento doble (pues al aislamiento doméstico debo añadir un aislamiento informativo, escogido adrede para evitar que los telediarios me asfixien todavía más), animo a todo el mundo a recrearse en las suertes de un buen retiro. Pero con mucho cuidado de pillarle el gusto, que el síndrome de Estocolmo está ahí al acecho y como nos aficionemos más de la cuenta al enclaustramiento -como augura el futurólogo Juan Carlos González-, a ver si cuando escampe va a tener que intervenir la policía, pero no para retenernos en el hogar, como pasa ahora, sino para que salgamos de una puñetera vez y gastemos, que la economía tendrá que volver a menearse.

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