La nicolumna

Nicolás Montoya

Sofá de sobremesa

En la vuelta a las tardes de sofá de sobremesa, casi todo el mundo tiene en su casa el lugar propio donde siempre se sienta, que además es respetado de forma solidaria por el resto. Algunos incluso le tienen hecho hasta la forma de la espalda lo que en el fondo es una de las verdades más antiguas de la humanidad: solo se solivianta cuando alguien va a Sevilla, por aquello de que es posible que pierda la silla.

Qué pena que no haya sitio para todos, ni sillas clonadas que satisfagan deseos, ni poltronas o camas redondas donde cada cual se coloque como quiera sin meter el dedo en el ojo de nadie, a sabiendas que los sillones se suelen desfondar de tanto uso. Es una realidad aceptada que los sillones siempre deben estar ocupados porque en caso contrario los primeros en sentarse, aunque carezcan de antecedentes civiles o penales, estarían osando ir contra lo establecido, superando arduas dificultades que harían de la iniciativa una actividad arbitraria y con pocas papeletas para triunfar.

Sillones desfondados del anquilosamiento vertebral son los mejores ejemplos del afán desmedido por establecernos y no abrirnos cada día. Después resulta que nos gusta que nos visiten amigos en casa, aunque, eso sí, preservando ese lugar que pertenece a nuestras posaderas porque, sin papeles por medio, hemos obtenido un derecho vitalicio para que nadie ose sentarse en él, y como todas, la tradición se exporta a todos los ámbitos. Lo curioso es que proporcionamos el uso colectivo de asientos estimulando el uso del autobús o de la bici de alquiler y hacemos posible que los asientos no tengan dueños perpetuos, aunque a la vez se construyan cada vez más aparcamientos subterráneos para automóviles para mantener las tasas de incongruencias.

Las dos únicas verdades de todo esto se centran en lo caro que está un asiento de bus y lo duro de los sillines de las bicicletas porque del miedo que se pasa recorriendo un fantasmagórico carril-bici que nadie respeta mejor no hablar.

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