Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Sopa indigesta

La política se ha convertido en este país en una sopa tan espesa e indigesta que a nadie le extrañó demasiado que el otro día el único que le puso velas a todos los santos implorando que la ministra de Sanidad no dimitiese fuera el presidente del primer partido de la oposición. Así estamos. Hermanados ahora por la sombra de sospecha que se cierne sobre los másteres de los políticos -aunque lo están por muchas cosas más-, la crisis desatada por las revelaciones sobre la ministra Montón ha puesto de relieve la enorme debilidad del Gobierno, que cada vez evidencia más una falta de rumbo que alarma y que se plasma en sus rectificaciones continuas. Pero también la de un PP con pies de barro que ha enterrado deprisa y corriendo la etapa de Rajoy y que hoy tiene un liderazgo no consolidado y amenazado por una espada de Damocles judicial. Y si echamos un vistazo al resto de los partidos la cosa no mejora, con Ciudadanos obsesionado, como acaba de demostrar en Andalucía, por intentar sacarle rendimiento electoral a la tensión en Cataluña y con Podemos desnortado y sin saber si es oposición o forma parte del entramado gubernamental.

Pero no nos engañemos. Esta debilidad que proyecta la política sólo es un reflejo de la que se empieza a percibir claramente en el sistema social. Miren por donde, en los últimos meses se está hablando de los enormes agujeros de prestigio que se están abriendo en la universidad, que ha sido siempre un magnífico sismógrafo del pulso de una sociedad. Cuando en una universidad se puede montar una trama cuasi delictiva, o directamente delictiva, para regalar títulos falsificados que adornen el currículo de políticos con ambición y ansias de renombre, es que algo está enfermo en nuestra democracia. Si además eso sucede durante años sin que salte ninguna alarma en la propia universidad, hasta que llega a los medios de comunicación como consecuencia de los navajazos internos en los partidos, es que la cosa es realmente grave.

Se trata en definitiva de la salud democrática de nuestro país. Y a estas alturas convendría preguntarse si estamos igual o mejor que hace unos pocos años, cuando el sistema se basaba en el orden más o menos organizado de dos grandes partidos, uno a la izquierda y otro a la derecha. No era el paraíso y el edificio tenía más de una grieta, pero a la vista de lo visto hay quien empieza a echarlo de menos y se pregunta si la mudanza merecía la pena.

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