Cuando hace más o menos cien años empezó a extenderse entre nosotros la alabanza del sport, tan del nuevo siglo XX, aún no había calado la idea de la competitividad a ultranza que de hecho caracterizaba la mentalidad agonal de los griegos antiguos, no tanto los más refinados ideales de quienes proclamándose sus herederos entendieron el ejercicio vinculado a los certámenes desde una perspectiva ética. La fiesta de los toros o juegos tradicionales como la pelota vasca, que habían llenado de cosos y frontones las ciudades de la geografía española, empezaron a convivir con el balompié, el ciclismo o el boxeo, cuyas gestas podían verse en la pantalla gracias a las animaciones del cinematógrafo. Inspirado menos por la gran cultura alemana que por los modernos hábitos del mundo anglosajón, el finísimo Ortega, tan gentleman y tan esnob, había comenzando exaltando el espíritu altruista y antiutilitario que guiaba a los deportistas, metáfora del esfuerzo que no espera recompensa. Y partiendo de esta cualidad de empeño desinteresado llegó a definir el deporte, muy en su estilo, como la forma superior de la existencia humana. Más tarde, llevado de un filoneísmo próximo al que abrazaban los movimientos fascistas para ensalzar a la juventud atlética, resuelta a combatir los viejos valores, elaboraría una pintoresca teoría sobre el origen deportivo del Estado. El deportista y el guerrero -junto con el amador, en la visión testicular del filósofo, que se refería a los raptos de mujeres como si fueran un entrañable pasatiempo- quedaban de este modo asimilados conforme a la tópica definición del deporte -matizada después, todo hay que decirlo, por el distinguido fauno madrileño- como continuación de la guerra por otros medios. En el paso del amateurismo a la profesionalización puede localizarse la quiebra de una alta línea que remitía al fair play y a los beneficios que las escuelas inglesas atribuyeron a la disciplina, asociada a la superación personal y el compañerismo, según la cual los jóvenes, adiestrando el cuerpo y a la vez el carácter, podían ejercitarse sin necesidad de competir o despreocupados del triunfo. Hoy, sin embargo, lo que se impone es una derivación macarra y paradójicamente más cercana a los vanidosos protagonistas de los versos de Píndaro, tan por lo demás dignos de elogio, que a las nobles aspiraciones de los pedagogos del Novecientos. Los muchachos surgidos de las clases populares no sólo no se rebelan contra el orden instituido, como aquel famoso long distance runner de Alan Sillitoe, sino que se convierten en perfectos idiotas -en horteras gastosos y defraudadores- antes de haber alcanzado la treintena.

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