Su propio afán

Tentando por la vida

Ante el débil, el patán se apresta a patearlo y el caballero corre a socorrerlo

De todas las sugerencias literarias de Max Jacob en Consejos a un joven escritor, se me quedó grabada a fuego una más bien es ética. A lo largo de mi vida me ha generado mis buenos remordimientos. El libro del poeta surrealista francés es una delicia luminosa, no quiero que ustedes se formen una idea equivocada. El tenebroso soy yo. Jacob sólo advierte de que, con nuestros despistes o descuidos, facilitamos que los demás saquen lo peor de sí mismos. Pone el ejemplo de alguien que olvida su cartera en una mesa y se la roban. ¿No es en parte responsable de ese robo por tentar con sus facilidades al pobre ladrón?

Yo, quitando la lujuria, de la que me considero absolutamente inocente de haber provocado jamás a nadie, voy dando oportunidades al personal y haciéndole gratis, ay de mí, el trabajo al tentador. Por puro crédulo, resulto fácil de engañar; por desordenado, robarme a mí es pan comido; por alérgico al conflicto, se me chulea del tirón, etc. Prefiero pasar por tonto antes de pasar por el trance de parar los pies a un listo. Por tanto, desde la óptica maxjacobiana, soy el responsable universal.

En cambio, a menudo descubro que eso también sirve para sacar lo mejor del prójimo. Soy una prueba del algodón andante. Ante el débil, el patán se apresta a patearlo y el caballero corre a socorrerlo. El caballero puede ser la vigilante de un aparcamiento subterráneo que el otro día me perdonó, porque había perdido el ticket de la entrada, y me dejó un bolígrafo, para que rellenase un documento; y como me faltaban datos y mi móvil no tenía batería, me dejó cargar el móvil con su cargador; y no me pagó la tarifa porque tenía dinero de casualidad. Encima, cuando me iba, me dio las gracias: ¡las gracias, ella, a mí! Si yo no hubiese perdido el ticket, si hubiese rellanado el formulario en casa, como debí, si llevase un boli, si tuviese el móvil en perfecto estado de revista y si no fuese llorándole mi suerte a los desconocidos, me habría perdido su exquisita generosidad, y ella habría perdido una oportunidad de ejercerla.

Tiene razón Max Jacob y su advertencia es justa y necesaria y es natural que yo me lamente en mis noches de insomnio y remordimiento; pero, al mismo tiempo, tengo la sensación de que son muchas más las personas que, ante la ocasión para el mal o el desprecio o la burla, sacan lo mejor de sí mismos. También a ésos, sin duda, se lo pongo fácil y me alegro.

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