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Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Don Julio

No era este el tema de mi artículo de hoy, pero la pérdida de un gran hombre, buena persona y mejor político, bien merece relegar hasta el próximo lunes la crítica a los hombres pequeños, malas personas y peores políticos.

Murió en Córdoba, ciudad que amó y respetó -lo primero, no necesariamente, por desgracia, implica siempre lo segundo-. Vivió ‘en’ política y ‘para’ la política -circunstancia ésta del todo excepcional entre la generalidad de nuestra clase política, más dada a ‘estar’ en política para vivir “de” ella-.

D. Julio Anguita reunió las cualidades que nos gustaría ver en los políticos y en los que, sin serlo, se dedican a la política; fondos y formas que debiéramos exigirles a los unos y a los otros. Fue una persona, antes de cualquier otra condición, cabal, honesta y coherente; y fue un político cabal, honesto y coherente.

Con independencia de su ideología, con la que en absoluto comulgo, D. Julio nos enseñó, a quien se preocupó en escucharle, no sólo oírle, la grandeza de la democracia. Su vida fue una ejemplar clase de vinculación entre lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía; circunstancia, sin duda, excepcional. Demostró, a tirios y troyanos, que la convivencia es muy posible cuando la inteligencia, la amplitud de miras y la generosidad hacen de la tolerancia una realidad. “Tolerancia”, gran palabra por lo que significa la actitud que describe, dueña de la clave para lograr esa que parece inalcanzable cuadratura del círculo para la humanidad: convivir en paz y armonía. “Tolerancia”, palabra prostituida, hasta el sangrar, por la marabunta de arribistas, mediocres y delincuentes que han asaltado la política que nos ahoga.

A lo largo de su fecundo existir, ‘el califa rojo’ -como se le conocía en sus tiempos de alcalde de la capital cordobesa- se ganó la confianza de algunos, la admiración de muchos y el respeto de todos. Su trayectoria hizo patente que en la política de verdad, esa que queda fuera del alcance de las obscenas vanidades de los que ahora se la apropian, no hay enemigos, sino adversarios; no existe el odio, sino la controversia; no hay lugar para la trampa ni justificación para ‘el todo vale’, sino rectitud y constancia, ética y paciencia.

Los hipócritas que ahora dicen llorar, antes lo arrinconaron como a un mueble viejo -¿verdad, Garzón?-; los cínicos sacan a relucir, cuando ya no está, las alabanzas que en vida le hurtaron -¿verdad, Iglesias?-; pero él estuvo, y está, muy por encima de los personajillos indecentes que se proclaman, sin derecho ni merecimiento, sus herederos políticos.

Lo intentó hasta el final. Desde su muy bien amueblada cabeza, desde la cultura que supo absorber, la sensatez en la que supo vivir y la prudencia con la que se adornó, el señor Anguita trató de educar a los que se erigían en defensores de los principios que su ideología defendía; intentó adecuar y modelar los arrebatos violentos de los recién llegados, a los buenos usos y costumbres que el sentido común impone para que una sociedad variopinta, desigual y libre pueda tener la opción de construir, en armonía, un futuro mejor para todos; pero no se lo permitieron. No, a pesar de la hueca palabrería que hoy sale de las infames bocazas que ayer lo recluían, no le dejaron perpetuar su valioso, y me temo que irrepetible, legado.

No es nada fácil que nazcan hombres como D. Julio, sólo ocurre muy de vez en cuando. Nosotros, los españoles y la España que amamos, en la reciente historia de nuestra joven democracia hemos tenido la fortuna de haber contado con más de alguno, fueron entonces suficientes para conseguir una transición modélica, envidiable y… creo que inigualable; ahora, la ausencia de candidatos, a la altura que él alcanzó, para protagonizar un digno y provechoso relevo, nos amenaza con la condena de repetir historias que nunca deberían repetirse.

Lo reconocí y lo alabé en vida -muchas veces: en público, en privado y personalmente-, no esperé a que nos dejase para hacerlo; lo mismo haré con su memoria, porque es de sobra merecido y de justicia.

Si hubiese más comunistas como lo fue D. Julio, el comunismo sería otra cosa; además, tendría el futuro que incontestablemente no tiene. Ojalá que su espíritu descanse en la paz que le corresponde, la que sólo alcanzan hombres de la grandeza que él tuvo.

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