Tierra de nadie

Alberto Núñez Seoane

Los objetivos amables

La diferencia está en saber querernos o no saber hacerlo. Intuitivamente tenemos la percepción de que todo -al menos en la mayor parte de las ocasiones- lo hacemos para nuestro bien, pero nada más lejos de la realidad. 'El bien', aunque pueda no parecerlo, es un concepto subjetivo, abstracto, fuera de esos límites que nuestra intuición pretende mostrarnos dibujados con claridad. Remedando el dicho popular, diría que los caminos del bien son inescrutables.

Los estereotipos con los que nos machaca la sociedad consumista, el materialismo exacerbado, y la cúpula intervencionista, que no cejará en su empeño por manipular nuestras aspiraciones y controlar nuestras vidas, nos empujan a 'desear' lo que, a veces, no tenemos por qué querer y a perseguir lo que creemos imprescindible, cuándo lo cierto es que no lo necesitamos en absoluto. Ser consciente de esta circunstancia, es el primer paso para poder llegar a ser los que queremos ser, diría más: lo que necesitamos ser para ser lo que queremos; tener la voluntad de expulsar el condicionamiento al que nos somete de nuestra existencia, el segundo; saber hacerlo, el tercero, y definitivo. Porque, les aseguro, que se puede.

Ciñéndome al asunto con el que doy nombre a mi artículo de este lunes -los objetivos que, de modo consciente o no, determinan nuestras vidas-, les diré de la abismal distancia que hay entre modelar, de 'motu proprio', las metas tras las que viviremos, o dejar que sean otros los que lo hagan -nos demos cuenta de ello, o no-.

Un ejemplo, creo que ilustrativo: si me planteo andar diez kilómetros todos los días, salgo a caminar y sólo recorro cinco, me sentiré frustrado. Si me hago el propósito de andar -sólo andar- todos los días y salgo a caminar a diario, me sentiré bien, independientemente de la distancia que haya podido completar. La sensación -no imaginada- y la convicción -cierta- de haber cumplido con mi objetivo me causará satisfacción, esta me hará ganar la confianza que necesito para conseguir la fortaleza imprescindible que requerirá lograr otras metas. En este supuesto, con el paso de los días, terminaré por caminar diez kilómetros; en el primero de ellos, acabaré por desalentarme y capitularé. Es obvio que no es lo mismo caminar diez kilómetros que dos o tres; pero lo que importa -lo que de verdad va a resultar importante para nosotros- no es el hacer diez kilómetros durante dos semanas para después abandonar, sino el empezar a caminar un kilómetro durante semanas para terminar haciéndolo diez kilómetros durante el resto de los días.

Cada persona es un mundo, un mundo que ni la misma persona, en la mayoría de los casos, acaba por conocer del todo; cuanto menos lo hará -conocer ese mundo- un extraño, por muy próximo que éste sea. Para intentar conocernos lo más posible hay que empezar por dejar de mentirnos. 'Engañarnos' a nosotros mismos -una absurda paradoja que nuestra vanidad nos invita a creer posible- es la semilla de la que florece el árbol milenario de la estupidez supina, especie que, como bien saben mis muy apreciados lectores, es tan contagiosa y prolífica, tan enraizada y negada, que se ha convertido en la mayor lacra que azota la sociedad en la que vivimos. Cada uno de nosotros es el único encargado, y también responsable, de conformar su vida de acuerdo a sus capacidades y carencias, a sus conformidades y deseos, a las 'felicidades' que ciertamente están al alcance de su voluntad y sus potencias: nadie, más que uno mismo, debería confeccionar, disponer y ordenar las prioridades que le van a mover mientras esté 'aquí'. Pero para hacerlo con propiedad, para que esa cimentación en la que se van a sustentar todos y cada uno de nuestros días -unos mejores, otros peores-, la sinceridad de nosotros para con nosotros es condición 'sine qua non', dicho en cristiano: o nos la imponemos como requisito irrenunciable o todo lo que después llegue será lo que quiera que sea, pero no lo que, para nuestro bienestar anímico y nuestra cuota de felicidad terrenal, debió de ser.

Es consecuente, con esto que escribo, la filosofía cotidiana del objetivo amable, asequible, amigo…; de medirnos con una cinta métrica que entendamos, que sea 'la nuestra': ¿saben cuántos pies y cuantas pulgadas miden ustedes? -sin preguntar a Google…-, ¡no!, pero si saben que -por ejemplo- miden un metro y setenta centímetros… ¡pues eso! Quiéranse un poco más, quiéranse mucho, pero háganlo desde la sinceridad propia y leal, luego: sin dudar y con firmeza, merece la pena.

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