Tierra de Nadie

Alberto Núñez Seoane

Recuerdos sin nombre

No, no somos nuestros recuerdos; pero, los recuerdos, son la memoria de los cimientos de lo que fuimos. Tenerlos, nos habla de un tiempo que nos llevó a ser lo que hoy somos. Cuidarlos, nos permite apreciar el valor de los sentimientos que lo tienen. Quererlos, nos hace mejores. Olvidarlos, nos condena.

La tecnología, que nos puede, se está llevando por delante partes sustanciales de nuestro modo de vivir, y consustanciales con la esencia de lo que somos: animales sociales. Lo excesivo suele matar, en casi todos los casos, situaciones y circunstancias. En esta, también.

Aprender es el camino hacia la sabiduría; cultivarse, alimentar el espíritu; conocer, dar de comer al alma. Por desgracia, nuestras capacidades son limitadas, muy limitadas. Puede que la inteligencia, cuando está presente con generosa intensidad, esté muy próxima a salirse de las magnitudes humanamente medibles: las posibilidades de algunas mentes prodigiosas, que honran nuestra especie, son, creo, imposibles de calibrar, se aproximan a lo infinito: ¿Cuánto de inteligente fue Leonardo, o Einstein, o Kant…? Puede, también, que el arte quede fuera de toda humana medida, ¿cómo calibrar la belleza cuando se instala en un estadio cercano a la perfección?: La pirámide de Keops… la melancolía de Miguel Hernández en su Elegía… las Meninas… La Piedad, de Miguel Ángel … el Taj Mahal… las andanzas de D. Alonso Quijano… ¡Obras inconmensurables!, humanas, sí, pero fuera de alcance para la humana capacidad de medir, por eternas, inabarcables ¿Y… la voluntad, se podría evaluar la 'cantidad' de empeño que algunas personas, ejemplares y admirables, son capaces de poner para alcanzar las metas que se han propuesto…? En mi opinión, tampoco… no. Sin embargo, la memoria es diferente asunto.

Poseemos una escasa capacidad de 'almacenaje' para recordar. Nuestra mente selecciona, de modo natural, gran parte de la información que nos va a acompañar durante parte de nuestra vida. En otros casos, es una fuerte impresión, una gran alegría o una pena intensa, las que se hacen alejar del olvido. El aprendizaje y la reiteración en las experiencias habidas, conforman el último modo en el que hacemos perdurable un recuerdo.

Seleccionar que es lo que guardaremos y qué lo desechable era, hasta ahora, una opción reservada a nuestra libre elección; pero la situación está sufriendo cambios, tan radicales como perniciosos.

La capacidad del 'sistema' para transmitir la información -verdadera o falsa- generada es, más que sorprendente -que también-, aterradora. Hace muy poco tiempo, leíamos el periódico, escuchábamos la radio, o seleccionábamos el telediario para ponernos al día con lo que sucedía en nuestro entorno más cercano, en España o en el resto del planeta; hoy, una inmensa mayoría, no hace nada de esto. Los muchos que no leían el periódico, siguen sin hacerlo, de los que lo leíamos, apenas unos pocos le guardamos fidelidad; de los que escuchaban las noticias en la radio -¿recuerdan 'el parte' de las 8…?- sólo quedan algunos; los que se sentaban para ver del telediario de TVE -el único que había-, están sumidos ahora en un malsano aturdimiento, manejando, enloquecidos, botones del mando a distancia para pasar muy de prisa de un canal a otro, las más de las veces huyendo de manipulaciones aberrantes, otras escapando de falsedades vergonzantes y el resto corriendo al cuarto de baño a soltar el entripado que les invadió escuchando al mentecato de turno.

La cantidad de información sobrepasa con mucho nuestras posibilidades de asimilarla. La permanente invasión de noticias de todo tipo y calaña, mensajes, chismes, comunicaciones o publicidad, alcanza tal envergadura que no nos queda 'espacio' para nosotros. No tenemos ni el tiempo necesario ni el sosiego imprescindible para generar ideas ni para apreciar sentimientos o acariciar la soledad sana ni para algo que nos hace ser lo que somos: pensar. Estamos saturados, diría más bien: ocupados, por una avalancha de datos que no necesitamos en absoluto.

Sería cierto, si fuese factible, que, con no escuchar, no leer, no estar conectado a tal o cual aplicación, televisión, red social, o dispositivo informático, estaría arreglado el asunto, pero lo cierto es que no se puede vivir en este mundo, dentro de esta sociedad, al margen de todo esto. Y digo: "No se puede", porque la gente habla de lo que ve, se cree lo que dicen las 'redes', se comunica por programas de mensajería: si has de convivir con ellos has de 'hablar' su idioma. La alternativa, creo que la única, es salir fuera de todo esto, irte.

La invasión mediática impuesta, tiene otro efecto aún más desolador: nos priva de nuestros recuerdos. Tenemos, por ejemplo, tantos miles de fotos almacenadas en los dispositivos, que casi nunca nos paramos a ver ninguna; sabemos que están ahí, pero… ¿para qué? Si no nos detenemos a contemplarlas y recordar el momento en el que las tomamos, de nada valen. Los recuerdos los guardamos en la memoria para revivir, de algún modo, sentimientos que significaron algo en nuestras vidas, instantes que nos alegraron, personas con las que nos sentimos felices, lugares que nos fascinaron.

No hace mucho, era habitual sentarse alrededor de la mesa, sacar los álbumes e ir pasando sus hojas, comentando esta o aquella fotografía, riendo al recordar una anécdota, emocionándonos con las imágenes de los que ya no están… eso se acabó. Si, con suerte, te detienes para mirar una foto, lo más probable es que ni te acuerdes en que 'memoria' la guardaste, si das con ella, tendrás que ponerte a buscar, entre docenas, en que archivo la colocaste; cuando pasen unos minutos y suene el móvil, el aviso de una publicación en Facebook, el tono de un mensaje en WhatsApp o en la madre que lo parió, dejaras 'lo de la foto' para otro momento…

Los recuerdos tienen nombre, todos y cada uno de ellos lo tiene. Unos perviven en nuestra memoria, sabemos lo que significan y porqué están ahí; otros sobreviven, nos hablan de un tiempo y de cómo fuimos mientras lo vivimos; otros se diluyen, después de hacernos revivir un consejo o una advertencia. Si quitas el nombre a un recuerdo, deja de serlo: se convierte en un dato, pierde lo que tenía de humano y entra a formar parte de un mundo frío, áspero y gris; se almacenará en una 'memoria' que se expresa en 'bites', no con el corazón.

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