En tránsito

Tiro al blanco

Pestamos mucha atención a las consecuencias de la Guerra Civil, pero poca al clima moral que la hizo posible

Una de las cosas más tristes que se pueden hacer es leer las actas de las últimas sesiones de las Cortes Republicanas, entre mayo y julio de 1936, poco antes de que se sublevara una parte del Ejército y empezara la Guerra Civil. Esas sesiones se encuentran fácilmente en internet y aparecen incluso con comentarios que identifican a los parlamentarios que van interviniendo. La oratoria, aunque altisonante, suele ser muy buena. Pero lo que llama la atención es el tono amenazador con que los parlamentarios se dirigen unos a otros. En algunos casos -están recogidos en las actas- se oyen amenazas veladas de muerte, que se lanzan entre gritos y pateos. En esos meses de la primavera del 36, los que proferían las amenazas pensaban que todo era un juego retórico que en el fondo no tenía la menor importancia. Pero dos meses más tarde, en el verano del 36, muchos de los participantes en esos debates parlamentarios estaban muertos, asesinados por uno u otro bando de la Guerra Civil.

Lo digo porque prestamos mucha atención a las consecuencias de la Guerra Civil, pero le prestamos poquísima atención al clima moral que la hizo posible, con esas amenazas violentas en las Cortes que se correspondían con la violencia real -atentados, ocupaciones, huelgas indefinidas- que se vivía en las calles. Nos gustan las interpretaciones simplonas -como esa que atribuye la epidemia del coronavirus a las maquinaciones insidiosas de Bill Gates-, pero los hechos dramáticos ocurren por una serie inevitable de circunstancias concatenadas. Y cuando los congresistas se amenazan de mala manera en el Parlamento, no es nada raro que las cosas acaben mal y que muchos de esos congresistas acaben pagando sus propias amenazas con la vida.

Ahora mismo han detenido a un ex militar que se enorgullecía de disparar contra una diana con los rostros de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Por desgracia, estas cosas se están convirtiendo en habituales. En TV3, la televisión catalana, dos cretinos se dedicaban hace años a disparar con una pistola de juguete contra el rey Juan Carlos. En las redes sociales se usa con una insólita alegría la imagen de una guillotina cortando cabezas. Y cada día que pasa, el odio y la furia, magnificados por el miedo al futuro económico y por el tedio del confinamiento, se van volviendo más y más incontrolables. Mal vamos.

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