Me repito pero es irremediable si quiero dar réplica a las mentiras que nuestro tiempo reproduce hasta que nos las tragamos. La única manera de desarticular el mecanismo es no aburrirse. Ahora los periódicos vuelven a contarnos que hay 19 multimillonarios norteamericanos que quieren pagar más impuestos.

Y yo vuelvo a mi elogio a la donación de Amancio Ortega. Aquel ataque de ira que le entró a los progres tenía una explicación. El empresario gallego dejaba en evidencia el tocomocho de los ricos filántropos. Si éstos quieren pagar más impuestos, podrían donar millones. Además, en aquello en concreto que consideren más prioritario y sin que el dinero pase por demasiadas manos políticas y burocráticas, con lo peligroso y distraído que es eso.

Pero si donar les parece adquirir demasiado protagonismo, esos humildes ricos tan sociales podrían subir el sueldo a sus propios empleados. Así pagarían más impuestos, sin duda: a través de la nueva base imponible y del tipo creciente del IRPF de sus trabajadores; y a través del IVA que implicase el aumento del consumo; además de que aumentaría la actividad económica gracias al ahorro y la inversión. ¿Quieren ustedes contribuir al bien común? Suban los salarios. ¿Quieren ustedes contribuir más aún? Súbanlos más.

No lo harán: ni lo de Amancio ni mi propuesta. Pedirán que les aumenten los impuestos, porque esa es la trampa. Para empezar, pretenden crearnos mala conciencia: ¿cómo vamos a protestar nosotros de pagar lo nuestro si ellos, tan glamurosos, ya pagan más y quieren pagar más, eh? Conmigo, en esto, han pinchado en hueso, porque es indiferente lo que yo quiera o lo que no, si a duras penas puedo pagar lo que me piden.

Claro que no importa, porque la segunda parte de la trampa no es sentimental ni voluntarista. Si se salen con la suya, subirán los impuestos para ricos y los pagará la clase media o lo que vaya quedando de ella, como siempre. Y eso será compulsivo.

Si usted oye que 19 multimillonarios piden que les suban los impuestos, no pierda el tiempo aplaudiéndoles: échese la mano a su cartera. Si escucha críticas acerbas a un millonario excepcional que ha hecho una donación de su bolsillo y que deja en paz las leyes tributarias, tápese los oídos y átese al mástil, porque esos cantos de sirena van a por usted. Y si no oye nada, no se confíe, porque el sistema vive de su insaciable sed fiscal. Estarán pensando otro truco.

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