Siempre que uso el sitio para mis largas caminatas alrededor de los dos lagos pienso lo mismo: el lugar está completamente desaprovechado. Imagino que en cualquier otra ciudad habría al menos un par de bares abiertos, sobre todo para los meses de verano y el resto de fines de semana; una empresa que explotara las posibilidades de los dos lagos (barquitas a remo, hidropedales, etcétera).

Pero, qué va. Aquello está más triste que el primer capítulo de Marco, aunque he de decir que no todo lo sucio que cabría esperar. No, no es que esté para comer en el suelo, pero esperaba que estuviese mucho peor. De hecho, sorprende muchísimo que las máquinas para hacer ejercicio, puestas allí hace ya algún tiempo, no es que funcionen bien aún, es que están impecables, sin pintadas o arañazos ("Manolo quiere a Ataulfa, Encarni, guarra") y esa serie poética que tanto gusta al vandalismo patrio; ese mismo que aunque tenga una papelera a medio metro del banco donde está sentado, tira los papeles y las latas de bebidas energetitatircárdicas al suelo sin el menor pudor.

Lo que sí da un poco de jindama es el suelo. Yo no sé si ahí hay corrimiento de tierras o qué, pero la cuestión es que el pavimento tiene unas grietas que parece que se va a hundir de un momento a otro. Lo mismo pasa con el desangelado perímetro, que debía ser zona verde, pero verde, no que hay arboleda, eso sí, pero del gramón nada se sabe, solo que con él o sin él, supongo que las parejitas, al abrigo de la sombra, aprovecharán el descampado para rellenar carmelas.

Bueno. Es mi impresión. No pocas veces aparecen en este medio las quejas vecinales sobre el abandono de la zona y otros problemas que yo, como usuario esporádico, no logro apreciar. Sus razones tendrán, si se quejan. Vamos, digo yo.

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