De fútbol no sé nada de nada. Pero he visto entera con mi hijo la serie El capitán sobre la retirada de Francesco Totti, el capitán de la Roma, sin perdernos un minuto. Y no ha sido una inmolación paterna, qué va. La he visto encantado.

Porque en la serie el fútbol (que me perdone Totti y todo el mundo) es lo de menos. O, para no exagerar, lo quinto que importa. Va de la vinculación y la fidelidad. Independientemente de sus ideas políticas (que desconozco y que la serie, salvo por un catolicismo vivido en familia, no toca), Totti se nos aparece como alguien profundamente conservador. Su arraigo a Roma (renunciando a todos los fichajes del mundo, del Milán al Real Madrid) resulta emocionante. No extraña que la afición lo idolatrase, porque él la amó primero. Hasta tener que irse de su barrio de nacimiento, supone un desgarro.

La relación con sus padres tiene un barniz tópico (que puede ser real) de madre de la Pantoja (que descanse en paz, por cierto) a la italiana, pero su esencia es firme y verdadera. Los padres, tan unidos y entregados, cuidan al joven talento del fútbol y lo acompañan. Hay un eco o un reflejo ejemplar de ese matrimonio en el del mismo Totti. Aquí el tópico de los matrimonios algo superficiales de los futbolistas con estrellas televisivas y modelos no se niega, porque lo es en la superficie. Pero en el fondo es un matrimonio unido que se apoya sin fisuras.

El otro asunto de la serie es la vocación profesional. Totti vive entregado al fútbol y no quiere ni plantearse una jubilación que, aunque a él le llega todo lo tarde que ha podido posponerla, se acerca sin piedad. Puede parecer fácil amar un trabajo tan glamuroso y bien pagado cuando uno saborea las mieles del triunfo, pero hay que reconocer que esa es la situación ideal para analizar lo duro que se hace la retirada. Como ahora estamos defendiendo con uñas y dientes la jubilación, puede que olvidemos lo que tiene también de renuncia. Es especialmente importante que no perdamos de vista ninguna de las dos caras de la moneda.

Un acierto de la serie es que el fútbol quede tan en quinto plano. Porque quiere hablar de sentimientos universales: arraigo, pertenencia, lealtad, vocación profesional y aceptación de la realidad. Habrá que jubilarse cuando toque (también lo defiende la serie), pero antes, mientras tanto y después, ojalá amemos nuestro oficio y nuestras raíces tanto como Totti los suyos.

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