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'Traduttore, traditore'

Las traducciones sirven como mal menor cuando uno no puede disfrutar en la lengua original a un autor

El premio nacional de traducción, su ilustre jurado y el ministerio del ramo han quedado como Cagancho en Almagro. ¿Han leído la noticia? Le dieron el premio al monje carmelita Luis Baraiazarra por haber traducido al euskera la obra de Santa Teresa de Jesús. El galardón estaba dotado con 20.000 euros, que es lo que Ramón Espinar saca neto de una operación inmobiliaria, y al rato tuvieron que quitárselo (a Baraizarra, no a Espinar).

Cuando te cuentan un disparate, el sentido común trata de encontrar la explicación que menos ofenda a la racionalidad. Supuse, pues, que el premio sería a la traducción de obras españolas a otras lenguas, y que la confusión consistía en haber olvidado que el euskera es tan español como el castellano. Eso tendría un mínimo pase, siquiera sea por la imperfecta sinonimia que nos traemos entre el español y el castellano.

Pero no. Han confundido el español, esto es, el castellano con una lengua extranjera y a Teresa de Ávila, de Cepeda y Ahumada con una autora foránea. Según las bases del galardón, éste se concederá a una "traducción de una obra escrita originalmente en lengua extranjera a cualquiera de las lenguas españolas". El dicho traduttore, traditore se queda corto: la mayor traición al sentido (común) no ha sido del pobre traductor.

Han pedido disculpas a Baraizarra y han decidido "convocar una nueva reunión en los próximos días y volver a fallarlo". Lo de "fallarlo" también suena a una oportuna polisemia. Quizá nos tendrían que pedir disculpas a todos, teniendo en cuenta que estos premios se sufragan con el dinero de nuestros impuestos. Y a Andrés Trapiello, que ha traducido el Quijote del castellano al castellano, y al que se le esfuma el derecho al próximo premio nacional de traducción.

Errores aparte, me pregunto sobre la utilidad de traducir al euskera a Santa Teresa de Jesús. Las traducciones sirven como mal menor cuando uno no puede disfrutar en la lengua original a un autor, y tiene que conformarse. Todos los vascos que puedan tener interés en leer a la santa, hablarán castellano, como es lógico. Entiendo que Baraizarra, siendo vasco y carmelita, por pura devoción personal, haya ido haciendo la traducción a su lengua materna, de madre fundadora a madre fundante; pero de ahí a que el Estado español premie ese trabajo hay un trecho. Me temo que de esta historia lo más ridículo no es lo más ridículo, si ustedes me entienden.

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