Tragar: V. None (II)

M se aburre. Se pregunta por qué el doctor no responde a sus correos. Cuando sale a la calle solo siente odio por el aspecto de su barrio y por quienes lo han convertido en una cloaca. M siente especial odio por los mendigos, se pregunta por qué los vecinos demuestran tanta tolerancia hacia ellos. También se pregunta si esta es la razón de que los mendigos utilicen el barrio como su parque de atracciones particular. Hasta que aparece El Ratoncito, un individuo que deja trozos de queso por las aceras para que los perros y los mendigos los devoren y mueran envenenados.

Ilustración: Rosell Ilustración: Rosell

Ilustración: Rosell

From: Manuel Barroso Ruiz <mambrub@hotmail.es>To: Bruno Relimpio Tirado <breti@gmail.com>Date: vie., 29 jun. 2018 00:32Subject: None

Estimado doctor Relimpio:

Hoy me he pasado toda la mañana en la oficina del INEM que está cerca de mi casa. Había mucha menos gente que de costumbre. Supongo que será por el verano. He estado mirando a mi alrededor y la mayoría eran jóvenes y puretas. Chonis con carritos, macarras de barrio, hombres calvos y panzudos que encadenan cigarros como si no hubiera un mañana, señoras en babuchas y cuarentonas huesudas de mirada vacía. Nunca he comprendido a esas personas que solo aspiran a trabajar en verano, en chiringuitos, hoteles, bares de copas y parques de atracciones. Nunca he podido comprender esa falta de compromiso. Y no me malinterprete, doctor: yo estaba muy comprometido con mi trabajo. Fueron ellos quienes decidieron que yo era prescindible.

Ya le hablé de lo que siento cuando me siento prescindible. De esa necesidad de comida picante. En Comilones Anónimos tuve que mencionar el bufé de alitas de pollo. Comilones Anónimos está bien para pasar el rato, pero no le pido más. Es como poner el telediario, estar al tanto de las noticias. Solo que, en este caso, el telediario consiste en un resumen detallado de atracones y purgas ajenos. Un magacín especializado. Y también está Dodi, que lo hace todavía más ameno aunque yo me presente desaliñado, sudoroso y apático y al mismo tiempo con ganas de problemas. En definitiva, irascible y avergonzado. Dodi me mira y me suelta que, en mi caso, solo puede haber un resultado lógico si coges y mezclas el material de Elvis Costello y la sensibilidad de un hijo único: una estética triste de la muerte, una belleza artística en el compromiso ético con la muerte. Este puede alcanzarse de varias maneras y una es reventando como el Sr. Creosota. Sin embargo, quizá nuestro compromiso, a fin de cuentas, sea igual de incompleto. O imperfecto, como los mendigos con la pobreza. Algunos solo nos conformamos con unos cuantos enemas. ¿Sabía usted que hay gente que se excita sexualmente con los enemas? Sí, creo que sí.

En las dos o tres horas que me he tirado en la oficina del INEM no he dejado de pensar en la comida que me estaba esperando en casa. Anchoas, menudo con garbanzos, pollo en salsa que me sobró ayer, papas aliñás, arroz con leche. He intentado distraerme de esos pensamientos, pero no he podido. Me he quedado en blanco. Exactamente igual que durante el bufé de alitas de pollo. Tuvieron que sacarme la cara de la bandeja. Les dije que si querían largarme me pusieran el resto para llevar. Respondieron que aquello consistía en Todo Lo Que Puedas Comer Aquí. Les dije que, en ese caso, me dejaran. Y no lo hicieron. Querían sus alitas para ellos. Reconozco que entonces perdí un poco los estribos. Así que me echaron a patadas, con la boca y las manos pringosas y teñidas de marrón. Creo que a Homer Simpson le ocurrió algo parecido en un bufé de marisco. Ya en la calle vomité y me puse a darle patadas a una papelera y luego a un contenedor y ahora me duele un poco la rodilla. Acabé dentro del contenedor en busca de un bocado. Eso fue lo que conté en la última reunión. No estoy orgulloso de ello. Fue como un sueño. Como si le estuviera pasando a otra persona. Después me desperté en mi cama con la cara grasienta y me preparé el desayuno.

He estado pensando que aquello sí demostró mi compromiso, ¿verdad? Mi compromiso con la comida. Por mucho que me esfuerce, no dejo de pensar en ella. Me llevé un libro al INEM y ni con esas. Era una novela de don Arturo Pérez-Reverte, doctor, y ni con esas. ¡Inaudito! ¿Qué será de mí ahora? Ni siquiera el mejor escritor español vivo ha conseguido que mi malograda cabeza se dedique a otras cosas. Y él sí que está comprometido, doctor. Con la literatura, con la realidad. Su último libro trata sobre un perro detective. No sé si lo habrá leído. Se lo recomiendo vivamente. De hecho, le recomiendo cualquier cosa suya. Sin duda. Don Arturo sí que sabe hablar de lo que los demás callan, de lo que los demás temen. Él sí que no tiene ningún reparo en ponernos delante de las narices todo eso que nuestra sociedad mojigata considera políticamente incorrecto. A él le resbalan los meapilas, los hipsters, los rojos, las feminazis, los julandrones, los antitaurinos y ese hatajo de moñas que echan pestes sobre auténticos patriotas y defensores de nuestros valores nacionales como don Arturo. Él sí que es un héroe, como esos que cada mañana veo a mi lado en la barra del bar de la gasolinera con su café y una entera con aceite del tamaño de un kayak. Él sí habla por mí, por el honor de los españoles que nos miramos al espejo, derrotados y aturdidos, constatando que no pertenecemos a nada. Don Arturo está con los descastados, con quienes añoramos días mejores, aquellos tiempos en los que no existían trastornos alimenticios, terapeutas caninos ni una legión de paladines de la moralina barata, popes versados en linchamientos que esperan la menor oportunidad para señalarte, para acusarte rugiendo: ¡Machista! ¡Racista! ¡Fascista!

Le admiro, don Arturo. Por favor, no cambie nunca. Usted sabe quienes somos de verdad. Eso le honra.

Y usted no se desanime, doctor. Algún día podrá aspirar a ser como El Maestro. Solo necesita, para variar, echarle cojones de una santa vez.

Afectuosamente, M.

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