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Triste destino de una lengua

Mucha gente cae en la trampa de suponer que la lengua es arma de combate para levantar fronteras y crear ilusas naciones

Convendría que no se ni olvidaran las recientes palabras de la alcaldesa de Vic. Será difícil encontrar otra voz separatista que exprese con mayor claridad una propuesta para mejorar la convivencia. Vino a decir que con los "otros" (los que no hablan catalán) pocos miramientos, y, por tanto, ante ellos hay que hacer, sin remilgos ni titubeos, un uso inapelable de "nuestra" lengua. No ha dicho nada nuevo (las coacciones, a este respecto, en todos los ámbitos catalanistas, llevan mucho tiempo prodigándose) pero la alcaldesa lo expuso con tanta naturalidad que, alguien que la oyó, llegó a estremecerse ante convencimiento tan tajante. Produce escalofrío, en efecto, comprobar cómo ideas tan primarias y discriminatorias continúan engrasando, sin pudor, el discurso independentista; con el aplauso -tampoco hay que olvidarlo- de la llamada, con suma precisión por Félix Ovejero, "izquierda reaccionaria." Porque da pena constatar, una vez y otra, que una lengua, como la catalana, recuperada y acogida con tanta ilusión, tras el franquismo, sea utilizada, todavía cuarenta años después, como arma arrojadiza para estigmatizar y separar a unos catalanes de otros. Toda lengua tiene como misión facilitar la comunicación y difundir los logros literarios y culturales de un territorio y, por ello, debe ser estimulada, pero nunca pervertida para levantar barreras y establecer jerarquías entre buenos y malos ciudadanos.

Sin embargo, paradójicamente, gracias a su mesiánica contundencia, la alcaldesa de Vic ha revelado la debilidad ideológica del discurso separatista. La obsesiva insistencia en el uso exclusivo y excluyente de la lengua catalana ya muestra incapacidad para encontrar argumentos que justifiquen un supuesto hecho diferencial en aquella región. Ser más ricos y estar más industrializados no parece un dato que avale un proyecto separatista. Estaría mal visto. Era necesario, pues, inventarse una identidad acreditada y vendible. Es decir, que no repose exclusivamente en argumentos supremacistas. Consignas como "España nos roba" alimentan el resentimiento, pero las estadísticas, al poco tiempo, las desmienten. Por eso, la lengua se ha convertido en un vehículo sentimental de fácil manipulación. Mucha gente cae en la trampa de suponer que la lengua -en lugar de ser un instrumento para conectar a todos los ciudadanos- es arma de combate para levantar fronteras y crear ilusas naciones. En las que reinará una idílica felicidad, programada por los dirigentes separatistas, entre ellos, claro está, la alcaldesa de Vic.

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