He hablado bien de Trump, porque me gusta su liberadora desinhibición frente a lo políticamente correcto, porque baja los impuestos, porque me divierte (un toque enfant terrible a mi edad, sí) provocar el desconcierto de los que se creen siempre en el lado correcto de la historia y, sobre todo, porque se ha tomado en serio la lucha contra el aborto.

Y volveré a las andanadas. Pero por ahora ¡vaya tontería ha propuesto Trump, redoblada por el dramatismo del contexto! Dice que algunos profesores aficionados a las armas podrían llevarlas al cinto, cual película del oeste, para liquidar rápido al maníaco que apareciese en los institutos con una metralleta. El mundo se ha llevado las manos a la cabeza y yo también, con pesar, porque aprecio mucho mi originalidad. La verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero o, incluso, en el peor los casos, Agamenón y su porquero, en inquietante unanimidad, a la que esta vez tengo que sumarme.

Las armas de los profesores no solucionarían los casos de los híper armados asesinos y multiplicarían problemas. Teniendo en cuenta la edad de los estudiantes y lo aglomerados que están en los pasillos y en las aulas es francamente mejor que los centros educativos sigan siendo zonas libres de armas.

Eso es tan evidente que no merecería una columna si no fuese porque es la caricaturesca síntesis de múltiples tendencias en el aire. Más o menos discretas, todas coinciden en confundir la labor del profesor, que termina siendo el hombre o la mujer para todo, excepto para lo suyo. Trump quiere ahora que haga la labor de cuerpos de élite o fuerzas especiales, pero en ambientes más socialdemócratas también se nos encarga recoger a algunos que no quieren estudiar, imponer el orden (nada menos) e investigar los casos de acoso o de maltrato que ocurran incluso fuera del horario escolar. Son causas loables en las que nadie con sensibilidad se negaría a echar una mano, por supuesto, pero no es ese el papel del profesor, sino formar.

Hay un deslizamiento de la autoridad (propia del que enseña) a la potestad (propia de la policía). Las pistolas de Trump son un dislate, pero sólo exagera la tendencia general. Siempre que falla la autoridad, su vacío lo llena la potestad y, cuando ésta flaquea, la violencia. Pedir a los profesores que bajen por esa escala, en vez de sostener su autoridad, es -aunque con buenas intenciones- complicar más los problemas.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios