Helene Hanff amaba la literatura de Inglaterra. Ella no la había visitado nunca y, cuando se le frustró el enésimo proyecto de viaje, llegó a casa entristecida. Pero miró a su alrededor y se dio cuenta de que Inglaterra estaba en los estantes de su biblioteca. Lo cuenta en esa maravilla de libro que es 84, Charing Cross Road. También mis estanterías se saltan el brexit a la torera. Me gusta, además, que Inglaterra sea muy suya, como me gusta que la gente que me gusta tenga muy marcada su personalidad, bien diferente de la mía, por fortuna. Encima, la tristeza por el brexit ya le tenía yo amortizada de antes, desde 1534, con el Cisma.

De cómo les vaya a ir a los ingleses a partir de ahora tengo muchas dudas, pero de las de verdad, esto es, que no sé si les irá bien o mal, aunque apostaría a que unas cosas les irán mejor y otras peor, como pasa siempre; y nos pasará a nosotros.

Sí es una pésima señal que nos estemos preocupando más de Inglaterra que de nosotros. Sería feísimo que ahora los europeos nos conformásemos con esperar (sentados) a que les fuese fatal a los ingleses. Lo importante sería ver qué hace ahora la Unión Europea para recuperarse del varapalo. En vez de tanto hablar del brexit tendríamos que iniciar el UE reloaded.

Se abren básicamente dos caminos opuestos. O insistir en sus empeños uniformadores por encima de las soberanías nacionales, según una agenda globalista, que es lo que nos ha traído hasta aquí y se ha llevado a Gran Bretaña hasta allá. Úrsula van del Leyen declarando que a partir de ahora vamos a avanzar, oh, oh, en la lucha contra el cambio climático, parece tirar, como una sor María de Sonrisas y lágrimas, por ese caminito de montaña, cantarina. El otro camino es una UE mucho más atenta a la voluntad de las naciones que la conforman y al sustrato cultural que las sostiene, dejando que la Unión crezca de abajo arriba (también de las raíces a las ramas), sin querer imponer nada desde las heladas cumbres burocráticas, en plan alud.

Estamos en un momento crucial en los ámbitos de la política, la ideología, la economía y la demografía. La UE, aprovechando el irremediable cambio de capítulo, podría leer mejor los signos de los tiempos. Y si eso le resulta muy difícil, puede hacer lo democrático: dejar que los votantes los lean según su leal saber y entender, y representarlos, sin dirigismos ni demagogias. Es lo ilusionante y lo inteligente.

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