Este año la habitación no tenía vistas. Para ver la puesta de sol no quedaba otra que quedarse en la playa como los jóvenes que nunca quieren volver a sus casas o los familiones que medio acampan en la playa. No podía asomarme a la terraza nada más levantarme para tener la seguridad de que el azul de ese mar no es mentira, que el viento es propicio y, sobre todo, que ya hay gente paseando y que permanecer en la habitación es un delito.

La habitación no tenía vistas, no. Al asomarme a la terraza encontraba un campo de molinos que chivatean el soplo del viento; un campo agostado por el oro del trigo en el que ya no pastan las vacas retintas. Un paisaje donde la amenaza de la especulación ya se ha cumplido levantando el esqueleto de un nuevo edificio en construcción en el que los operarios se afanaban desde muy temprano. No sólo eso, en el campo, pegado a la carretera, descubrí un pequeño huerto y en él a un viejecito que primorosamente hacía surcos, regaba antes de que se alzara el sol y quemara las plantas, recogía uno a uno los tomates y con pequeños golpes se cercioraba del estado de maduración de sandías y melones. Un día se trajo a un amigo de su misma edad para ufanarse de su obra, lo paseó por todas las calles y le regaló unos pimientos muy verdes que estaban en su punto de maduración.

Mientras los dos viejos charlaban de sus cosas, se agachaban cada dos por tres para quitar una mala yerba o enderezar un plantón. A esa misma hora, jóvenes rezagados volvían andando después de haber pasado la noche en el pueblo. Unos cantaban al amanecer, otros se detenían y se besaban en plena carretera apurando el verano sin importarles ser atropellados. Alguien del grupo, que se había quedado atrás, volvía protestando y diciendo improperios. Un coche pasaba con la música puesta a todo trapo y desde el interior alguien seguía la música a voz en grito, dejando por fuera de la ventanilla una cabellera rubia y una mano que jugueteaba con el viento. El repartidor en su pequeña furgoneta llegaba pletórico al hotel para dejar el pan del día. Corredores desperezados pasaban sudando y con ritmo cansado como si llevaran corriendo toda la noche.

El sol y la luna compartían aún el cielo. Miraba hacia dentro de la habitación y me complacía viendo dormir, que es de las cosas que más me gustan. Este año, ya os digo, la habitación era sin vistas. La vida siempre se escribe por detrás de las postales.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios