HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

El Valle de los Caídos

SE hablaba mucho a la llegada de la democracia sobre qué hacer con la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, inaugurada por Franco hace ahora 50 años, erigida como un nuevo Escorial para honrar a los muertos de la Guerra Civil, como monumento recordatorio de una tragedia española. Naturalmente, los honrados fueron en principio los caídos en el bando vencedor, de manera que el recordatorio estaba viciado, tanto como la Ley de Memoria Histórica. Quienes hayan visitado la basílica saben que es una obra faraónica situada en un lugar alto de gran belleza agreste y pétrea. Las obras faraónicas son desde las primeras civilizaciones símbolos del poder y se hacen para asombrar a propios y extraños y dejar memoria eterna. Se levantan con mano de obra esclava, o de prisioneros de guerra, que viene a ser lo mismo, y así se hizo también el gran monumento funerario de la guerra del 36.

Uno no es que fuera más moderado que nadie recién muerto Franco, sino que había sido educado en el sentido común y en el aprecio por las artes y las grandes obras humanas, y oía atónito la proposición de la progresía de derribar el Valle de los Caídos o abandonarlo para que los siglos venideros se encargara de su derribo, como otro Mausoleo de Halicarnaso. Los intransigentes discutían indignados que se debían tirar, incluidas las Pirámides, todos los símbolos del poder construidos con esclavos y prisioneros y dejar el planeta limpio de recuerdos infamantes. Es mejor saber y recordar para explicar el pasado, asumir como propios los aciertos y errores de nuestros antepasados y no destruir nada que nos sirva para conocer mejor quienes somos y de qué sociedades venimos. A alguien se le ocurrió proponer que la basílica fuera el templo silencioso de todos los muertos de la guerra, sin bandos, para servirnos de lección.

El pasado doloroso no es menos aleccionador que el feliz. El dolor hace que pongamos las esperanzas en un futuro incierto, en utopías que el progreso hará realidad, como si fuéramos adivinos de un porvenir venturoso que no existirá mientras la especie humana siga siendo la misma. La nostalgia del pasado feliz, o por lo menos mejor que el presente, da la Edad de Oro, tan inexistente como el futuro, pero que tanto juego literario ha dado desde la invención de la escritura e incluso antes en la tradición oral. Las sociedades civilizadas no destruyen, construyen, hacen suyos los aciertos de sus padres y perdonan sus errores: somos sus descendientes y participamos de sus obras. En la soledad árida de Cuelgamuros está la memoria de una guerra que nuestros padres recordaban con temor y temblor, y allí están los muertos que las generaciones futuras harán suyos, sin bandos, cuando se renuncie a la irresponsabilidad de mantener viva una guerra civil que dejó a todas las familias españolas malheridas.

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