Jerez íntimo

Marco A. Velo

Manolo García Parra

Es mentira que Descartes escribiera el ‘Discurso del método’. Es también falso que John Wayne encarnara ‘El hombre tranquilo’ en la gran pantalla del séptimo arte. Constituyen fake news que, andando el tiempo con botas de siete leguas, se tomaron por reales de entonces acá. Mentiras cochinas, fruslerías, bagatelas transmitidas from generation to generation. Porque el método como discurso del autóctono modus vivendi y la tranquilidad como modus operandi sólo han pertenecido a un gran jerezano por antonomasia: Manolo García Parra.

Jamás he conocido una persona más metódica en su exactitud cartesiana. Era una agenda electrónica que no precisaba de los previos avisos sonoros. ¿El hombre tranquilo John Wayne dijimos a salto de mata? ¡A tomar por la retambufa el título cinematográfico de John Ford! Wayne sería un manojillo de nervios al lado de la templanza espartana de Manolo: con sus andares medidos, con su paso quedo, con sus revirás templadas… Siempre, en el silente ademán, parecía hacerse el encontradizo consigo y con nadie más: quizá para atender a sabiendas la máxima de Dale Carnegie: “encuéntrate y sé tú mismo; recuerda que no hay nadie como tú”.

Hizo de la costumbre, virtud. Un virtuosismo que afloraba del tictac de la constancia. Ya lo recomienda el proverbio chino: “quien pisa con suavidad, va lejos”. Y Manolo pisaba, sí, con deslizamiento cuasi imperceptible el mapamundi cotidiano de su patria chica: las calles del barrio de San Pedro en el triángulo escaleno de Antona de Dios, Bizcocheros y Palomar. En este itinerario jamás perdonaba la salubre ordenanza del tintito de la hora del aperitivo, en vaso de cristal siempre, y cuya líquida cultura paladeaba con unción sacramental, con paréntesis y recesos de conversación sabia y rítmica. Porque Manolo vocalizaba con rigor académico.

El vaso de tinto -¡tómelo a diario!, como el eslogan televisivo de Diario de Jerez de los primeros años noventa- bien a solas bien acompañado de sus contertulios habituales, todos integrados en el veteranísimo y esciente equipo de la secretaría lauretana: Paco Larraondo Hernández, Pepe Martínez Campaña y Pedro Simón Rodríguez Martínez. Manolo fue amargurista de los antiguos aunque, alguna década después, igualmente destacase como cofrade dirigente de Loreto por razones de vecindad. ¡Cuánto atrae y edifica el avioncito de plata en las manos de María! Devoción y vocación por ambas instituciones nazarenas que trasladó a su hijo, el prestigioso académico e investigador Paco Antonio García Romero, y a sus nietos, pongamos por caso Paco Antonio García Márquez -otro intelectual de altos vuelos-.

Manolo sellaba la lotería de la Hermandad una a una y con el sello estampado siempre a idéntica altura. La escritura lineal en la conservación del cuerpo caligráfico. Escribía con la cadencia que el director de orquesta acompasa la batuta. Su retina expresiva se guarecía detrás de unas anchas gafas oscuras de pasta y el pensamiento siempre cubierto por ese tupida cabellera entrecana, como recién salida de la barbería a la antigua usanza, tan relimpia y repeinada hacia atrás (nunca tuvo un pelo de tonto y hete ahí el floreciente ingenio, aliñado de humor inteligente, finísimo, que conservara hasta el último día de su nonagenaria existencia). Regentó Gráficas García en la plaza Monjas Victoria. Manolo demostró cuanto a día de hoy parece a simple vista un imposible: ser ciudadano del mundo sin hacer ostentoso alarde del yo y asimismo sin encarnar la ferocidad -la vehemencia- del homo homini lupus. Su sentido de las relaciones entre iguales se registraba al son de ‘La dignidad humana’ de Miguel de Unamuno. Siempre se dio a querer. Supo amar a raudales. Jamás molestó a sus semejantes. Y conectaba a las mil maravillas con la juventud. Cuando se marchaba siempre repetía su muletilla típica: “Decidme adiós”. Hoy, querido Manolo, te digo adiós, sí, en el preciso instante de tu fallecimiento. El único que no pudiste anticipar en tu infalible método organizativo. Y es que la muerte ya no respeta ni la costumbre de los demás.

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