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Nos quieren robar la posibilidad de mirar hacia fuera lo nuestro

Para los que nos hemos criado viendo los dibujitos de Pixie, Dixie y el gato Jinks nos suena muy mal e innecesario eso de traducir al castellano nuestro propio idioma. Me volvía loca el acento andaluz de ese gato gitano mezclado con el acento mejicano cubano de los ratones, esos malditos miserables roedores como los llamaba el propio Jinks. También hablaban mejicano Leoncio el león y Tristón con su "Oh cielos, Leoncio, que horror" que los que me conocen saben que utilizo en momentos difíciles en su mismo tono lastimero. Con Loopy de Loop, un lobo con gorro de lana, nobles sentimientos y acento francés impostado disfrutaba de lo lindo. Todo el mundo lo perseguía pese a ser un lobo bueno. Los silencios los aprendí de la Pantera Rosa. De ahí viene mi acento cosmopolita, no se vayan a creer que es de otra cosa.

Pasaron algunos años, dejé de ver dibujitos y me enamoré de la voz rotunda de José María Rodero primero y de Ricardo Darín después, poco importa lo que digan o a quién interpreten. Yo no podría dejarme llevar por un hombre con la voz fea y que hable mal, prefiero que hable poco y bajito en ese caso. Porque las voces las hay como las comidas, tabernarias y exquisitas, celestiales o depravadas para confesar un crimen sin remordimiento, tímidas o provocativas. La voz nos confiere personalidad y nos la roba porque no la podemos disimular, por eso no entiendo que los actores consientan la estafa del doblaje. Es como si les permitieran actuar con careta. Sencillamente le roban el alma a la interpretación. Un día descubrí que un famoso actor norteamericano tenía la misma voz que el caballo de unos dibujitos animados. A partir de ese momento, cuando oía al actor veía al caballo, no lo podía remediar.

Todo esto viene a cuento del revuelo que se ha formado por subtitular en castellano el mejicano de la película "Roma" que es tanto como pretender robarle su autenticidad porque, esa película, como toda buena película, dice lo que dice por cómo se dice. Porque cuando se traduce lo que todo el mundo entiende en verdad lo que se está haciendo es interpretar en nuestro nombre. Nos quieren robar la posibilidad de mirar hacia fuera lo nuestro, lo que tenemos en común y a la vez nos hace distinto, nuestro propio idioma. Nos sustraen la sorpresa del hallazgo de una expresión nueva que entendemos perfectamente, el embeleso de oír nuestro idioma con otro acento. No hay mayor pobreza. No hay respeto.

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