Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Viva el espectáculo

La televisión es espectáculo, sólo espectáculo. Cualquier cosa que salga en la pantalla o está envuelta en oropeles o no funciona. Y eso afecta tanto a la programación más chabacana, de la que no andamos cortos en nuestras parrillas, como a las tertulias políticas que se tienen por serias o incluso a los informativos. Vamos, que si ustedes cogen Sálvame o Masterchef y lo comparan con La Sexta Noche, Espejo Público o similares lo mismo encuentran más semejanzas de lo que en un principio se podían imaginar. Lo importante que es exhibirse para triunfar lo entendió desde el principio Pablo Iglesias, que ha llegado donde ha llegado gracias a su lanzamiento televisivo y posterior aprovechamiento intensivo. Es el político que mejor ha entendido la fuerza de la imagen.

Y como de lo que se trataba era de dar espectáculo, la renovación de la cúpula de RTVE ha sido de los más completos que hemos tenido en bastante tiempo. Pablo Iglesias se ha soltado el pelo y no ha dudado en reclamar lo más alto que ha podido a Pedro Sánchez que la radiotelevisión pública tenía que ser para él porque así estaba establecido en los pactos nunca explícitos que han llevado al socialista a La Moncloa. Sí, esa radiotelevisión pública que hasta hace tres días mal contados era ejemplo de sectarismo y manipulación al servicio del PP. En su escenificación, Iglesias no ha dudado en quemar unos cuantos nombres de periodistas afines a la causa. Tenía que quedar claro que su no entrada en el Gobierno tenía una contraprestación en la televisión pública. Éste va a ser el gran problema de Pedro Sánchez durante el tiempo que esté en La Moncloa: quienes lo han llevado hasta allí le van a exigir de forma permanente el pago del favor.

Lo trágico -la tragedia es el espectáculo en su forma más depurada- es que sin habernos ido estamos de vuelta donde siempre hemos estado. Desde los tiempos lejanísimos de UCD, incluso desde antes, la radiotelevisión pública ha sido un instrumento de propaganda política al servicio de quien gobernaba en cada momento. Pedro Sánchez no iba a ser una excepción y Pablo Iglesias mucho menos. Las víctimas son, primero, los profesionales que intentan cada día hacer una radio y una televisión a la altura de lo que debe ser un servicio público y, luego, el conjunto de los ciudadanos a los que se intenta manipular.

Hemos perdido otra oportunidad de reformar con criterios profesionales la radiotelevisión pública. Una vez más optamos por el espectáculo, que es lo que nos gusta.

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