Cuando uno no tiene nada nuevo que añadir a lo interesantísimo que escriben tantos, siempre puede acogerse a sagrado en los libros, precisamente, de otros. Y después hacer de portavoz, que es un placer doble, por el gusto en sí y por la seguridad de que se llevarán ustedes algo bueno de leerme. A menudo, me invitan a fundamentar mi humildad en la consideración de mis defectos, pero yo prefiero levantarla con la admiración del talento ajeno.

Como voy a hablar de una antología de aforistas andaluces donde han tenido la osadía de incluirme, me disciplino triplemente. Uno, no me entusiasman las antologías, porque me gusta oír más la voz de cada uno; dos, tampoco creo que lo andaluz sea una frontera específica del aforismo español o hispanoamericano; y, encima, tres, ponen mi apellido sin guión. Pero, contra mis prejuicios y prevenciones, Tierra de aforistas (Cypress Cultura, 2021) es una afinadísima muestra de muchos de los aforistas vivos más excelentes del español con la selección exacta y la medida justa (breve) de textos por cada autor. Una fiesta. Y callo para que hablen ellos, que era a lo que veníamos.

No se puede perder un minuto. "Dada su ambición, la vida del hombre es la más corta", nos advierte Emilio López Medina. Ojo también a Miguel Cobo: "Cuando me constituyo en mi abogado defensor, pierdo el juicio". Rivero Taravillo me regala una imagen que viene aquí como anillo al dedo: los libros, cerrados, son volúmenes; abiertos, velámenes. También algo que me consuela mucho de esta columna que no escribo, sino que leo en voz alta: "Habrá un día en que el único lector que quede estará firmando libros a sus autores, puestos en una larguísima cola".

Cuántos excelentes autores aquí: Baltanás, Benítez Ariza, Erika Martínez, Varo Zafra… José Mateos me explica la razón de mi entusiasmo: "El paraíso existe. Cada vez que nos alegramos, entramos en él". Entre tantos aforismos felices, uno más de Javier Puche: "Antes de nacer, fuimos aquella mirada de nuestros padres". O de Carmen Camacho: "En mis tiempos, toda yo era campo". Francisco Ferrero nos acerca al final: "No se puede tener un lenguaje propio sin un silencio propio".

Victoria León me anima a dar las gracias a todos los aforistas: "La cortesía es un guardián que casi siempre nos protege de nosotros mismos". Y Jesús Montiel, para acabar, lo clava: "El amor llena el día de momentos cruciales". La lectura también.

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