Nunca debió pensar Franco que la última victoria que sumaría a su larga hoja de servicios sería la del PSOE en las elecciones del 10-N. Porque sólo un ingenuo o un interesado -los segundos abundan más- puede dudar de que el traslado de los restos del dictador no ha sido el acto central de la campaña de Pedro Sánchez para continuar en el banco azul. A la vista está que la historia se repite, primero como tragedia y después como show mediático. Incluso hubo pena de telediario para los deudos del general, que se vieron obligados a desfilar delante de unas cámaras de televisión cuya misión era el escarnio, no la información. ¿Es esa la idea que tiene el Gobierno de la intimidad y la sobriedad? Lástima que en esta fiesta de la democracia se colase la mosca inoportuna de los últimos datos del paro, los peores desde 2012. Franco ha muerto, la fugaz bonanza económica también.

Mientras veíamos ayer las imágenes de la exhumación del siglo, dos preguntas nos venían a la cabeza: ¿cuántas víctimas del franquismo quedan aún en las cunetas? ¿Por qué el Gobierno ha preferido dedicar sus mayores esfuerzos a desenterrar a Franco y no a éstas? Es evidente que la respuesta hay que buscarla en la propaganda y en los cálculos electorales. Sacar a Franco del Valle de los Caídos da titulares y votos, desenterrar a los represaliados no.

Fue el presidente Zapatero -inspector de nubes- el que cayó en la cuenta del enorme potencial como arma política que tenía la mal llamada memoria histórica, que más allá de ser un movimiento de reparación de las verdaderas víctimas (no de sus nietos), ha degenerado en un instrumento de falseamiento del pasado con el fin de adoctrinar a las nuevas generaciones y afianzar la hegemonía política y cultural de la izquierda. Se trata de estigmatizar los genes de media España mediante la manipulación histórica y la construcción de un relato de buenos y malos. Era desolador ver ayer cómo los guerracivilistas de uno y otro bando aprovecharon para pasear ufanos sus viejas banderas, las que deberían estar ya sólo en los museos, con todos los honores y con todo el olvido.

Los restos de Franco ya no descansan en el Valle de los Caídos, pero los dinosaurios del paro, las pensiones, Cataluña y la inestabilidad política siguen ahí, pastando en el secarral español. Pedro Sánchez ha conseguido un puñado de votos y se los debe a un campeador gallego que gobernó España dictatorialmente durante 40 años.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios